jueves, abril 24, 2014, 5:34 pm

Cuba

Seis meses y ocho días en 100 y Aldabó

El periodista independiente Roberto de Jesús Guerra describe el Centro de Detención en La Habana, conocido por 100 y Aldabó, donde estuvo preso seis meses.

"100 y Aldabó" "100 y Aldabó"
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"100 y Aldabó"
"100 y Aldabó"
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Directivos de la delegación del Partido Republicano de Cuba (PRC) -en el municipio Habana Vieja Nayllibis de la Caridad Corrales Jiménez, Josiel Guía Piloto y Yander Farres Delgado, fueron detenidos por lanzar proclamas desde un edificio y están bajo investigación en el Departamento Técnico de Investigaciones (DTI), conocido como 100 y Aldabó.

A propósito del encarcelamiento de estos jóvenes, el activista Roberto de Jesús Guerra director del Centro de Información Hablemos Press, describe las condiciones carcelarias en este terrible lugar donde estuvo detenido por seis meses y 8 días.

Celdas tapiadas en Instrucción Policial 100 y AldabóCeldas tapiadas en Instrucción Policial 100 y Aldabó
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Celdas tapiadas en Instrucción Policial 100 y Aldabó
Celdas tapiadas en Instrucción Policial 100 y Aldabó
"El procedimiento que usan las autoridades allí, para obtener información, es la de mantener al detenido por un tiempo indeterminado en condiciones inestables, en las que se incluyen torturas físicas y psicológicas, como la de mantenerte en celdas tapiadas, de 3x2 metros, a más de 38 grados de calor, y luego llevarte -a cualquier hora-, a cuartos para interrogatorios, climatizados a temperaturas muy bajas, con la intención de que declares lo que sabes.

Los detenidos en 100 y Aldabó, son obligados a usar un short y una  camisa sin mangas (traje de peloteros, como le llaman  los detenidos a modo de burla). En esas condiciones, son llevados a los cuartos de interrogatorio donde el instructor espera, vestido con un buen traje verde olivo o abrigo, y en ocasiones, se burla diciendo: “¿tienes frío?, yo no tengo”.

Éstas, son formas de torturas que no dejan huellas físicas visibles, pero de allí, salí con cinco enfermedades, una de ellas, un enfisema pulmonar ocasionado por la humedad. Otros detenidos, que he visto luego en la calle, también me dicen que enfermaron; dos de ellos, Sebastián y Efraín, fallecieron por enfermedades pulmonares.

En mi caso, se me acusaba de desorden público; no tenía nada que declarar, pero igual me sacaban tres veces por día, para que mis torturadores -Águila, Jasón, José Carlos u otro instructor-, de la Sección 21, de Villa Marista entrenados para torturar, me vieran la cara y me torturaran.

Las visitas familiares -un día a la semana- son solo diez minutos, que se convierten en cinco. Eres vigilado todo el tiempo por uno o dos guardias y el instructor que permanece a tu lado. Está prohibido hablar sobre tu caso. Si comienzas hablar de las condiciones en que te mantienen en las celdas se termina la visita.

El pasillo de cada piso, que comunica las celdas con los cuartos de interrogatorio, da la imagen de las puertas de neveras en un frigorífico. 

Las celdas en 100 y Aldabó, de 3x2, están diseñadas para sentir el olor constante del orine y el excremento; el calor es insoportable a cualquier hora del día. En invierno, casi no se puede dormir, porque las temperaturas son muy bajas. No te permiten tener colchas ni más de una enguatada.

Estuve allí desde el 13 de julio del 2005 hasta el 20 de enero del 2006. Pasé verano e invierno allí. Y en mi cuerpo, tengo las marcas de las quemaduras del rose de la cama de hierro incrustada en la pared con cadenas. Nunca acepté colchón ni sábanas, sólo me acompañaba una muda de ropa blanca y una pequeña toalla que lavaba un día sí y uno no.

Allí, es mejor el calor que el frío. Por las noches me acostaba en el piso y echaba un poco de agua para refrescar el cuerpo y respirar un poco de aire más puro, por una pequeña abertura que había en la parte inferior de la puerta. Ésta, puede que haya sido una de las causas del enfisema, la tanta humedad y el humo del tabaco; porque las otras tres personas que siempre me acompañaban fumaban tabaco. ¡Demasiada casualidad!

El baño, es una taza turca; un hueco en el piso, y unos centímetros más arriba, en la pared, un tubo de donde sale agua en la mañana y luego en la tarde -unos 20 minutos- para ser utilizado por las cuatro personas confinadas allí.

Hice ocho huelgas de hambre para que me sacaran de allí. El 20 de enero, con 19 días sin comer, logré que me trasladaran a la cárcel Nieves Morejón en la provincia Santi Spíritu, a unos 470 kilómetros de la capital. Prefería estar lejos de mi familia que continuar viviendo dentro de aquel infierno. Entré pesando 75 kilogramos y salí de allí con 52. Una criollita.

Pasé por trece celdas, desde el primer piso hasta el cuarto. Estuve en las celdas de castigo, varias veces, por reclamar mis derechos. Conocí a cientos de delincuentes, muy nombrados en las prisiones. También a muchos extranjeros y guardias que abusan contante mente de los detenidos.

Te privan del sol, cortan el agua antes de tiempo, te quedas enjabonado o pasan horas desde que pides un trozo de papel para ir al baño. Te afeitan con la misma cuchilla que afeitan a los demás. Borran tu identidad; te llaman por un número, el mío era el 339.

Está prohibido leer, escribir o jugar. Pero los detenidos se arriesgan, inventan dados de jabón o masa pan y hacen tableros de ajedrez o parchís con pasta dental en las camas. Cuentan historias que solo sucedieron en sus mentes, pues las 24 horas del día sólo te sirven para dormir en el tiempo que no te llevan al cuarto de interrogatorios.

Pasas todo el tiempo incomunicado. Sólo escuchas el sonido de los pasos de los guardias por los pasillos, abriendo las puertas y llamando por números o el carro del desayuno, almuerzo y comida. Por una pequeña grieta que descubrí podía ver, en ocasiones, la marca SANYO de un aire acondicionado de las oficinas de los militares, y en ocasiones un gorrión bañándose en el polvo de un alero del edificio. Escenas que jamás olvido.

Conocí a más de 40 custodios de SEPSA que permanecieron meses allí, eran torturados contantemente para que declararan en contra de sus compañeros y delataran a los cabecillas del grupo que desviaban contenedores de artículos o los vaciaban en sus turnos de trabajo.

También muchos choferes de rastras, cuando el plan cadena o Batalla de Ideas. A los presos del motín en el Combinado del Este, donde murieron guardias y reos; a Alexander y Maikel, uno de los asaltantes de la CADECA de 23 y L; a Rafael Pérez Vidal, un ciudadano mexicano que entró con dos kilos de cocaína en su cuerpo; a Vladimir, el hombre que asesinó a su padre y después se arrepintió y confesó; a los del caso carnicero...

Decenas de casos que no me alcanzaría la noche para describir.


Publicado en Hablemos Press el 7 de noviembre de 2012
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