viernes, julio 25, 2014, 9:41 am

Opiniones / Orlando González Esteva

¿Quién mató a José Martí?

El autor identifica a la responsable y la exime de culpa...

La tumba de José Martí en el Cementerio de Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba.
La tumba de José Martí en el Cementerio de Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba.
La empatía de José Martí abarcaba las criaturas más diversas, no importa a qué reino pertenecieran, el animal, el vegetal e incluso el inanimado, y es asunto de una delicadeza tal que suele pasar inadvertido a sus admiradores y exégetas, amigos de lo solemne y sesudo, y más aficionados a la historia, los estudios literarios, los avatares de orden familiar y erótico, la hagiografía y, ahora, la iconoclasia, que a la necesidad de conocerlo allí donde el individuo no tiene que rendir cuentas a nadie y muestra u oculta su persona menos comprometida.  

Hay un Martí soslayado que de haber nacido en un país más sensible a ciertas conquistas del espíritu hubiera gozado de una estimación cuyo origen no sólo estaría en su condición de héroe, mártir o apóstol, en las que, de tanto machacar, se ha llegado a producir hartazgo, sino en otra condición más sencilla y quién sabe si útil: su condición de maestro; maestro en el sentido más noble de la palabra, donde la sabiduría, más que provenir de un cúmulo hipertrofiado de información que se luce, llega a parecer innata, destilación sencilla de todo lo que al ser humano, en su manifestación más alta, le es dado ofrendar.

La muerte de José Martí en el campo de batalla sugiere una disposición a matar.  Le rodeaba gente que, llegada la hora, no había tenido ni tendría escrúpulos en hacerlo.  Él mismo, al dirigirse al encuentro con el enemigo, portaba revólver. La ferocidad de los sentimientos que le inspiraban los abusos perpetrados por las autoridades españolas destacadas en Cuba no está en tela de juicio. Pero ¿hubiera podido Martí matar a alguien? Y de hacerlo, ¿hubiera podido vivir con la conciencia tranquila? ¿Qué hubiera sentido este hombre, capaz de identificarse con la agonía de una flor al instante de ser arrancada del suelo y mascada por un caballo, ante la mirada de un moribundo o el cadáver de un hombre baleados por él?

Frans de Waal, autor de “La edad de la empatía”, libro que hubiera entusiasmado a Martí, vislumbra el inicio de una época regida por este sentimiento que comparten con el hombre otros animales, entre ellos, el chimpancé, el lobo y la orca. Si el biólogo holandés no se equivocara habría que extender la calidad de precursor de Martí a ámbitos muchos más universales que el estrictamente literario.

La preocupación de Martí por el bien común no discriminaba. Su “red social” era más amplia que cualquiera de las actuales: Y si mato una mosca, me pongo a discutir con mi conciencia si he tenido el derecho de matarla, anota en uno de sus cuadernos --es decir, allí donde otros no tenían acceso--, como intentando dilucidar esa incapacidad suya para infligir daño, aunque sólo se tratara de un insecto; incapacidad que lo priva de arrancar una planta porque a punto ya de hacerlo descubre en ella, o en lo que será de ella apenas la arranque, una compañera de infortunio: No la he de arrancar. Yo que muero de vivir sin raíces, no le quitaré las suyas. Quédese aquí para que consuele a otros, como me ha consolado a mí. La compasión por el reino vegetal y su identificación con él son tales que escucha quejarse a un árbol y advierte que esas quejas son parientas de las suyas, hijas de anhelos exactos: Me da angustia oír el crujido de las ramas sujetas a su tronco, porque así cruje a menudo mi alma sujeta a mi cuerpo.

Todo estaba vivo para Martí, y mucho, por estarlo, le inspiraba piedad. El pudor de que lo sorprendieran tan frágil en lo íntimo, tan extraño a la mayoría de quienes se movían a su alrededor, le aconsejaba hablar de sí mismo en tercera persona: Aquella alma que lo veía todo pleno de espíritu; espíritu en las paredes mudas, en las casas solitarias; que se apresuraba a consolar hasta las casas vacías, cuando creía haber dicho algo que pudiera entristecerlas… La piedad presidía, callada, sus relaciones: Las casas en fábrica me son tan familiares comos las desdichas de mi pueblo; siempre se me pintan en imágenes extrañas y nuevas las paredes a medio hacer, los fosos sombríos, las puertas boqueantes, los muros desiguales que se dibujan sobre el cielo oscuro como encías desdentadas.

No es sólo que el aire estuviera lleno de almas, como alguna vez intuyó, sino que todo se le antojaba una: Un pájaro, ¿no es un alma? Y esos sentimientos fraternos se agudizaban cuando esas almas perceptibles, corpóreas, se le revelaban en un trance: La flor ¿es alma en cierne, que sabe menos que el hombre, o es alma en pena, ya a punto de vuelo, que purga en la pelea --hermoseando, como todo lo que padece-- sus últimas culpas? Hay entre sus apuntes uno que tiene viso de autorretrato: Trata a las almas consideradamente, como un escultor el yeso.

La certeza de que todo merecía atención y finura en el trato, porque todo podía hacer alarde de ellas, no excluía a las palabras: Postrimerías. –Quiero a esta palabra de un modo extraordinario. La quiero como a una persona: me produjo un amigo. 

Hay quienes sospechan que la muerte fue piadosa con José Martí, eximiéndolo de asistir al nacimiento de una república muy distinta a la que él imaginó y al espectáculo de un pueblo que rara vez ha estado a la altura de sus expectativas. La muerte bien pudo ser piadosa saliéndole al paso el 19 de mayo de 1895 y eximiéndolo, al dirigir el curso de las balas que lo alcanzaron, de la tragedia de que fuera él quien matara a alguien.

Orlando González Esteva

Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965.

Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos.

Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines y Amigo enigma. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

Este foro se ha cerrado
Orden de los comentarios
Comentarios
     
por:: Teresa Cruz De:: New Jersey
mayo 14, 2012 21:27
Bello. Cierto.

por:: Rigoberto
mayo 15, 2012 09:22
si, marti creia en las reencarnaciones, en la supervivencia del alma, en los ciclos del samsara de la filosofia hindu. para el todo estaba vivo -tenia un alma- y era la expresion de un universo, yendo de minotauro a mariposa. hay un par de trabajos academicos sobre el asunto

por:: manuel santayana De:: miami
mayo 15, 2012 13:31
González Esteva, poeta, posee la sensibilidad idónea para comprender los matices de la humanidad martiana, tantas veces reducida a estatua de yeso por mentes obtusas y en mármol sobrehumano por los que usan a la figura pública en sus proclamas y discursos sin haberlo leído. Este excelente artículo debe llevar a sus lectores a la magnífica edición de apuntes martianos hecha por González Esteva y titulada "Tallar en nubes", publicada en México hace algunos años.

por:: Enrique Del Risco
mayo 16, 2012 11:25
Estimado Orlando: La lectura del diario de cabo Haitiano a Dos Rios insinua ese tema sobre todo en la descripcion del fusilamiento de Masabo cuando la vista de Marti se distrae, como si no pudiera concentrarse en el rostro del que van a matar.