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Relativismo cultural a la medida


Un dogma antropológico concebido para combatir los prejuicios de los antiguos etnógrafos es distorsionado por gobernantes vitalicios

Fidel Castro, su hermano Raúl y una larga lista de gobernantes vitalicios se han escudado durante décadas en el relativismo cultural para justificar su permanencia en el poder. Apoyados en esta premisa arguyen que sus gobiernos no son del agrado de la Casa Blanca por el mero hecho de ser diferentes, como si el argumento de la disparidad fuera una patente de corso para andar por el mundo alimentando odios.

De ahí que se hayan aprovechado de un noble principio como el relativismo cultural para fabricarse otro a la medida.

El relativismo cultural es un dogma antropológico concebido para combatir los prejuicios de los antiguos etnógrafos que estudiaban los pueblos primitivos. A partir de esta rectificación, el trabajo etnográfico procuró evitar el etnocentrismo, promover la objetividad y enfatizar el respeto por las costumbres de la población nativa.

Este concepto humanista cobró fuerza con la independencia de las antiguas colonias europeas después de la Segunda Guerra Mundial, y se caracterizó por la insistencia de los gobernantes de las nuevas naciones en anteponer a los valores universales occidentales los suyos propios, arguyendo que cada cultura tiene patrones de conducta, reglas morales y visión cosmogónica individuales.

Es decir, no hay porqué inmutarse si en algún lugar del planeta lapidan a una mujer, mutilan los genitales a una niña, fusilan o encarcelan arbitrariamente a quienes expresan una opinión independiente. Cualquier valoración de una cultura que no sea la propia implica una intromisión intolerable en los asuntos internos de los países donde tales cosas ocurren.

Así, vaya paradoja, los sucesores de aquellos antropólogos del siglo pasado que formularon un dogma bienhechor para reparar los errores del colonialismo, ahora tropiezan con una decepción. El concepto del relativismo cultural que emanó del idealismo occidental para combatir la desigualdad y el racismo se ha convertido en instrumento de regímenes como el de Fidel y Raúl Castro, que propinan tratos crueles, inhumanos o degradantes a quienes disienten de ellos. Esto es lo que conocemos como "las contradicciones de la experiencia".

De ahí la necesidad de conceptos universales como la Declaración Universal de Derechos Humanos (el mismo concepto que esos regímenes rechazan), pero sin olvidar el merecido respeto que debemos sentir por el relativismo cultural. Sin duda, cada cultura tiene rasgos peculiares que uno puede identificar tan solo con oir hablar a otra persona, conocer los alimentos que consume, la ropa que viste, la forma en que se comporta.

Al mismo tiempo uno debe reconocer sin ambages que el colonialismo europeo dejó en muchos pueblos un amargo recuerdo, pero sin perder de vista que la ocupación o explotación de unos pueblos por otros ha ocurrido en una época u otra en casi todos los rincones del planeta.

Ninguna persona responsable debería cometer el error de ignorar que la historia de la humanidad es una lucha permanente por la adaptación y la supervivencia de la especie.

De hecho, aquí todo el mundo ha recibido su porción de tribulaciones. Mongoles, musulmanes y turcos hicieron de las suyas en Europa. Cuando Hernán Cortés se disponía a conquistar Tenochtitlán, se le unieron miles de guerreros tlaxcaltecas ansiosos de ajustar cuentas a los aztecas. Y en cierta ocasión Mario Vargas Llosa dijo que "quienes se indignan tan justamente por las crueldades de los conquistadores contra los incas, jamás se han indignado por los crímenes que los incas cometieron contra los chancas".

Para Fidel Castro, su hermano Raúl y una larga lista de gobernantes vitalicios, las cosas no pintan bien. A juzgar por las recientes insurrecciones contra el absolutismo en el Oriente Próximo (Siria, Libia, Egipto), y la lucha que se libra en varios frentes en el Oriente Medio (Afganistán, Pakistán, Irán), el argumento del relativismo cultural ya no alcanza para sostener el pretexto de que "no somos del agrado de la Casa Blanca porque somos diferentes".

Si uno piensa que Australia está en calma; que en Europa se va ampliando la unión regional; que la integración económica chino-americana neutraliza en gran medida el carácter levantisco de Corea del Norte; que en el sudeste de Asia Vietnam se suma al libre mercado; que en Africa se lucha con denuedo por mejorar las condiciones de vida; que en las Américas el remanente del proceso de convulsión de los años sesenta va llegando a su fin, entonces todo parece indicar que un mundo esta pariendo otro mundo y una realidad esta sepultando la otra.

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