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La gran incógnita del castrismo


Se habla de rectificaciones y lineamientos pero el gran ausente en el debate sobre el futuro de Cuba es el pueblo.

A tres años del sorprendente traspaso de poder de un Castro a otro, aún permanecen sin respuesta las incógnitas que generó la sucesión castrista, expresadas en aquel entonces en un auténtico aluvión de análisis sobre el presente y el futuro de la Isla.

Las ecuaciones abarcaron desde el rol del Ejército y el Partido hasta el de los Estados Unidos y la Unión Europea, pasando por el inefable Hugo Chávez. Desafortunadamente existen hoy en día quienes continúan recreando escenarios de este tipo, hurgando en la multitud de sofismas que disfrazan la cruda realidad de que en Cuba, nada ha cambiado esencialmente en los últimos tres años.

Se ha pasado de “reformas” a “rectificaciones”, de “medidas” a “lineamientos” pero sin embargo, el gran ausente en toda esta matemática futurista ha sido el pueblo cubano: no se le considera en ninguno de estos cálculos, puesto que se asume a priori que es un elemento nulo o vacío, sin ninguna capacidad de decidir el curso de los acontecimientos.

Esa omisión no es casual. Uno de los instrumentos más poderosos del castrismo ha sido siempre la percepción de omnipresencia y omnipotencia, fenómeno que no sólo atrapa a quienes viven bajo su égida sino peor aún, a otros en círculos académicos y políticos fuera de ella, ya sean simpatizantes o adversarios.

El castrismo controló el debate sobre Cuba desde mucho antes que sucedieran los acontecimientos que tan atareados traen a los analistas hoy en día, al determinar los límites de referencia del discurso sobre la realidad cubana y despejar el factor pueblo de todas las ecuaciones posibles. Tanto para tirios como para troyanos, los destinos de Cuba o bien lo deciden la fuerza de las armas o la voluntad, favorable o no a nuestros intereses, de potencias extranjeras.

Ése tal vez sea nuestro pecado original, esa especia de fatalismo político y geográfico que impidió el establecimiento de instituciones civiles con la fuerza suficiente para enfrentar al castrismo cuando se abalanzó sobre la sociedad cubana. El castrismo propagó como ningún otro ese Síndrome de Indefensión Aprendida con su falsa propaganda sobre el conflicto Cuba-Estados Unidos, una Constitución atada a la Unión Soviética y un sistema de dominación totalitaria que redujo a los individuos a simples piezas de un engranaje de dominación.

Ahí reside la gran incógnita a despejar si queremos romper el esquema de sucesión neocastrista y generar una alternativa genuinamente cubana, pero a la misma vez insertada en las realidades de la llamada aldea global. Esa realidad es posible si potenciamos al único factor independiente en el futuro de Cuba, a pesar de la omisión de que ha sido objeto en el gran escenario político, tanto nacional como internacional.

El pueblo es el más feroz de los políticos, puesto que no necesita de la demagogia para hacer valer sus criterios y ahora más que nunca, se hace imperativo transformarlo de víctima en protagonista para erradicar no sólo al castrismo, sino a la mentalidad que hizo posible su surgimiento en nuestra sufrida Patria.

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