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La mística de la ferocidad


Se precisa de una demostración clara y concreta de poder cívico, manifestado en una respuesta de grupo que convierta a la represión en una herramienta no sólo inefectiva, sino también inconveniente.

En los últimos meses se ha desatado toda una fiebre del superlativo en Cuba. Todo lo máximo y curioso parece ocurrir hoy en día en la Isla, en una avalancha de fenómenos que ya son tantos, que más que curiosidades aisladas demuestran toda una tendencia. El hombre más alto del mundo se pasea en dos ocasiones por La Habana; un torcedor crea el tabaco más largo del mundo; el Floridita mezcla el Daiquirí más grande del mundo; y para ponerle la tapa al pomo, como se diría en buen cubano, el chef Anthony Bourdain realiza, tal vez sin proponérselo, el programa culinario más absurdo del mundo, discutiendo de béisbol en el Paseo del Prado con fanáticos que le enseñaron sus tarjetas autorizándolos “para hablar de pelota”. En una desenfrenada carrera por generar noticias que apuntalen su nueva imagen de curiosidad político-tropical, el régimen está reeditando su propia versión del olímpico Citius, Altius, Fortius.

Y es precisamente este último, el Fortius, el ángulo más oscuro del replanteamiento político de la dictadura, y no por gusto el que más se ha destacado también en los últimos meses, con un énfasis especial en la política interna. A la par con las excentricidades que se difunden internacionalmente, en el interior del país se está desarrollando toda una ola represiva con un alto nivel de violencia. Está claro que el mensaje del neocastrismo tiene dos caras completamente diferentes, al más puro estilo del Dr. Jekyll y Mr. Hyde: curiosidades para el mundo exterior, ferocidades para el interior. Como diría el propio Robert Louis Stevenson, “el día para ustedes, la noche para mí, esa inflexible noche que hace pardos a todos los gatos e iguala todas las honestidades”.

Esta dicotomía represora está bien documentada, con nombres y apellidos: Al asesinato de Juan Wilfredo Soto García se suman los siguientes casos de brutalidad manifiesta: Iris Tamara Pérez Aguilera sufre de trastornos neurológicos causados por golpes a la cabeza propinados por agentes de la policía política; Wildo Izaguirre Fuentes perdió una falange del dedo meñique de su mano derecha tras ser atacado con un machete durante una manifestación pacífica; y Aymeé Garcés presenta una fístula en una de sus vértebras lumbares tras una agresión similar. El pasado domingo 17 de julio, una veintena de Damas de Blanco fueron lapidadas por “Brigadas de Respuesta Rápida”, una de cuyas integrantes clavó una tijera en el antebrazo de Belkis Cantillo, esposa del ex preso de los 75, José Daniel Ferrer.

Todos estos ejemplos muestran un patrón claro de premeditación y alevosía que no puede ser pasado por alto. Ante el desplome de la mitología centrada en el paternalismo económico, el castrismo reclama su espacio de poder con la única arma disponible en el arsenal ideológico: la ferocidad. En un entorno de este tipo, no basta con llamados a la concordia para detener la violencia. Se precisa además de una demostración clara y concreta de poder cívico, manifestado en una respuesta de grupo que convierta a la represión en una herramienta no sólo inefectiva, sino también inconveniente.

Aquí yace la gran disyuntiva hoy en día para el Movimiento Cívico Independiente dentro de la Isla. La intención de este despliegue de ferocidad no es desalentar a los activistas, puesto que ellos ya están “fuera del juego”, no hay marcha atrás. Lo que en realidad se busca es desalentar a la población a unirse a estas actividades, para impedir el surgimiento de una masa crítica que en un momento determinado sobrepase a las fuerzas pro régimen en un lugar o momento determinado. La lógica indica que es ahí donde radica el antídoto contra esta fiebre de ferocidad dictatorial.

La carrera de la oposición debe estar entonces marcada por su propio Citius, Altius, Fortius, en este caso enfocada en un esquema de máxima acción noviolenta. El superlativo del activismo no surgirá fruto de las excentricidades, sino de un trabajo sostenido para ganar cada vez más adeptos y llevar a cabo acciones con un número cada vez mayor de participantes. Ésa es la tapa al pomo de la represión en Cuba.

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