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El método del discurso castrista ha creado la paradoja de un pueblo educado al que le han enseñado a no pensar.

La reflexión del compañero Fidel, «El Asesinato de Osama Bin Laden» (5/5/11), abre una ventana que invita a la meditación sobre cómo este hombre ha alterado la percepción y la expresión de la realidad de la población cubana.

Defensivo en su exposición, el autor califica de crimen el ajusticiamiento de un terrorista responsable por la muerte de miles de estadounidenses.

En el colmo de su desfachatez denuncia a Estados Unidos por haber puesto en peligro la vida de mujeres y niños presentes en la guarida de Bin Laden, e incluso se muestra afligido por las personas que han sido sometidas a "insufribles y enloquecedoras torturas" en la Base Naval de Guantánamo.

Egocéntrico, manipulador, mentiroso, incapaz de crear lazos de afecto con nadie o experimentar sentimientos de culpa, signos que algunos especialistas consideran indicadores psicopáticos, invoca una conducta ejemplar que según él jamás le ha permitido apoyar actos terroristas o acciones que pudieran poner en peligro la vida de civiles.

Grandilocuente hasta el final, tiene una respuesta irrevocable para todo, sin el menor asomo de remordimiento por los cientos de miles de cubanos presos, muertos y desterrados a causa de una catástrofe social, económica y cultural impulsada por él.

No obstante, hay que mantener un equilibrio riguroso: El compañero Fidel no es el único responsable de este disparate político.

La victoria de la revolución castrista no fue la obra de un solo hombre sino de una sociedad llena de grietas por las que penetró el nuevo fenómeno cultural, su difusión y aceptación final como una innovación plausible.

Con todo, a esa parte sustancial del pueblo cubano ahora dubitativa ante un futuro sombrío la acompañaba un buen número de compañeros de viaje.

Muchos académicos, políticos y religiosos estadounidenses disculpaban los excesos del compañero Fidel porque el fin justificaba los medios y le tenían por hombre justiciero forzado a tomar decisiones extremas con el fin de redistribuir las riquezas y alentar la autoestima de la población cubana.

Sin embargo, los que han sido blanco de su cólera como la Dra. Hilda Molina (2/27/11) le atribuyen una personalidad malevola. «Cuando miré a Castro a los ojos me dio mucho miedo porque me di cuenta de que estaba frente a una persona de gran inteligencia, pero de mirada vacía. Un ser humano inteligente, pero sin alma, sólo tiene una definición: Monstruo».

Algo parecido pensaban los que fueron oprimidos por Hitler, Stalin, Mao Tse-Tun, Trujillo, Pinochet o Machado, pero el discurso de ninguno de ellos fue tan metódico como solían ser las alocuciones del ex gobernante cubano.

Sus reflexiones son la prolongación de los discursos que durante décadas allanaron el camino a la gramática de la neolengua criolla, invento de George Orwell mejorado por él y llave maestra del sistema castrista.

Las grandes convulsiones políticas requieren de la acción del lenguaje como detonante de acciones inimaginables en circunstancias normales, unas claves que liberan la energía del odio y la venganza. Pero no se trata del idioma común a los habitantes de un país, sino de un discurso relacionado con la forma en que un grupo humano "organiza" la información que emana de su entorno y el modo en que la "utiliza".

En otras palabras, Fidel Castro no podía llevar a cabo su proyecto revolucionario sin el concurso de una parte sustancial de la población cubana, pero la población cubana no podía convertirse a la fe de los vencedores sin que el detonante del lenguaje castrista desencadenara una tormenta de valores, costumbres y creencias largamente dormida.

El discurso castrista fue capaz de despertar y revitalizar un método cultural arcaico similar al que hizo época durante el reinado de Fernando VII. En su libro «Man and Mankind» (1982), Edmund S. Glenn plantea que en lo concerniente al manejo de la información algunos seres humanos prefieren las conclusiones categóricas: sí o no. Evitan distinguir entre factores pertinentes y ajenos. Y generalmente juzgan los hechos de acuerdo a la simpatía o antipatía que éstos le provocan.

En cuanto a solventar las cuestiones que se derivan de la información acumulada algunos seres humanos prefieren definir los problemas verbalmente: rechazan las hipótesis y no se preocupan mucho por la observación, el detalle o la excepción.

La mayoría de las culturas comparten uno o más de los rasgos ya citados, pero cada cultura se inclina o es propensa a manejar la información y tomar decisiones de un modo característico y predecible. Con esto en mente tomemos por ejemplo el discurso de Fidel Castro «Palabras a los intelectuales» (1961), oportunidad que aprovechó el ex gobernante cubano para formular la política cultural de la revolución.

Un breve análisis de contenido indica que en lo relacionado con la recepción y manejo de la información, el orador prefiere conclusiones categóricas, sí o no. «¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas revolucionarios? Dentro de la revolución, todo; contra la revolución nada». Este revelador edicto inspirado en la frase de Benito Mussolini, «Todo en el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado» (Cursio Malaparte 1957), tiene precedente en lo expresado por Fernando VII a su regreso a España luego de concluir la guerra de independencia contra Francia: «Quiero ser un rey absolutamente absoluto».

El antiguo ministro cubano de cultura, Armando Hart Dávalos, no quería quedarse atrás y en las Conclusiones del Primer Congreso de Educación y Cultura en 1971, soltó una perla inolvidable: «Bueno, pluralidad quiere decir que haya un teatro en el campo, que haya un teatro en la ciudad. Estas cosas gramaticalmente pueden entenderse como pluralidad. Nosotros, en el lenguaje político y en el lenguaje ideológico, la palabra pluralidad la consideramos antidemocrática, antisocialista, antiobrera, anticomunista, o no comunista, por lo menos en el lenguaje político».

Como se ve, pluralidad no se traduce para el castrismo en diversidad de opiniones y partidos políticos representativos de todos los sectores de la sociedad dispuestos a compartir el poder, sino de un partido único de gobierno no muy diferente al concepto unilateral caudillista de Juan Manuel de Rosas o Rafael Leónidas Trujillo.

En esa misma vena, Hart reitera que «Cada uno de nosotros está en el deber de tener ideas, pero velemos porque ese pensamiento se ajuste a los principios del materialismo dialéctico.

El pensamiento regido por el materialismo dialéctico es el único realmente científico. Desde luego, no caben entre nosotros, y las rechazaremos, ideas que vayan en contra de la política de nuestro Partido». Pero esta conclusión categórica no sólo rechaza las ideas que vayan en contra de la línea partidista, prohíbe incluso la duda (como asevera Castro en su discurso), sin distinguir entre factores pertinentes y ajenos.

«Yo considero que el campo de la duda queda para los escritores y artistas que sin ser contrarrevolucionarios no se sienten tampoco revolucionarios». En cuanto aquellos a los que el castrismo les pidió todo, como en el poema «En tiempos difíciles» de Heberto Padilla (1968), el orador juzga los hechos por la simpatía o adversión que le produce el objeto de su discurso.

«Y el artista más revolucionario sería aquel que estuviera dispuesto a sacrificar hasta su propia vocación artística por la revolución. Quien sea más artista que revolucionario, no puede pensar exactamente igual que nosotros».

De modo que en el manejo de la información, el castrismo rechaza la pluralidad, exige afinidad de pensamiento, prohíbe la duda, delimita el espacio e hipnotiza su presa. «Si la preocupación de algunos es que la revolución vaya a asfixiar su espíritu creador, esa preocupación es innecesaria y esa preocupación no tiene razón de ser».

Consecuente con el modo cognoscitivo de la cultura del caudillismo, el castrismo nunca ha percibido contradicción alguna entre prometer a los intelectuales un espacio creativo y condenarlos más tarde a la marginación social. Esta cultura no se detiene a reflexionar sobre ningún contrasentido, se conforma con buscar soluciones absolutas a los problemas vitales. En lugar de plantear una hipótesis, el orador prefiere la retórica.

«¿Quiere decir que vamos a decir aquí a la gente lo que tiene que escribir?
No, que cada cual escriba lo que quiera, y si lo que escribe no sirve, allá él. Nosotros no le prohibimos a nadie que escriba sobre lo que prefiera. Que cada cual exprese la idea que desea expresar. Nosotros apreciaremos siempre su creación a través del prisma del cristal revolucionario».

De nuevo, el modo cognoscitivo que nos ocupa no se expresa por medio de una hipótesis provisional sobre una norma de conducta concreta, sino por un laberinto dialéctico, una suerte de decreto que elimina cualquier posibilidad de diálogo.

Por último, el orador omite la observación, el detalle o la excepción. «Contra la revolución ningún derecho. Y eso no sería ninguna ley de excepción para los artistas y para los escritores. Ese es un principio general para todos los ciudadanos».

La reflexión del compañero Fidel (o su amanuense) sobre el ajusticiamiento de Bin Laden, pone de manifiesto la personalidad de un mentiroso compulsivo, pero más importante aún, confirma que en la neolengua castrista prevalece lo "verbal" sobre lo "real".

Como lo correcto es más fácil de alcanzar por pensamientos y palabras que por acción, basta hablar de reformas, rectificación de errores o auditorías internas para que la granja se sienta satisfecha con la orientación del hermano de turno.

Acaso parezca algo sin sentido, pero esa norma de conducta tan pronunciada en Cuba también constituye un obstáculo cultural que socava el desarrollo en buena parte de la región. El método del discurso castrista ha creado la paradoja de un pueblo educado al que le han enseñado a no pensar. Parece poco probable que Raúl Castro cambie de rumbo.

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