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Joan Antoni Guerrero Vall / Sin democracia no hay periodismo


Mientras más se cierran informativamente las dictaduras, más recurren los periodistas a alimentar sus crónicas con la información de aquellos que no tienen voz en las sociedades autocráticas.

El cerrojazo informativo de los regímenes autoritarios va a favor de los activistas que estén dispuestos a tratar con la prensa. Mientras más se cierran informativamente las dictaduras, más recurren los periodistas a alimentar sus crónicas con la información de aquellos que no tienen voz en las sociedades autocráticas. En el caso de Cuba, hay que tener en cuenta a los corresponsales extranjeros como una excepción ya que su corresponsalía depende también del hecho de que se mantengan en cintura y no crucen la raya. Esto quiere decir, que no frecuenten demasiado los ambientes “disidentes”.

“Gracias a la cerrazón del Gobierno de Damasco, solo sabemos lo que los activistas quieren que sepamos”. Así se expresaba el pasado 25 de abril el periodista de El País Enric González desde Beirut, en el Líbano, lugar donde le toca cubrir las revueltas en Siria. Este periodista no ha podido acceder a territorio sirio porque el gobierno de ese país ha cerrado las fronteras a algunos informadores. Internet se está convirtiendo así en fuente principal de información y, en este ámbito, el suministro de datos por parte de los activistas que tienen puentes tendidos con el interior del país resulta fundamental para comunicar las novedades sobre los múltiples atropellos que contra los opositores está cometiendo el régimen sirio.

A pesar de que esto pone a los activistas en una situación ventajosa no es tampoco una situación ideal para el periodismo. El cerrojazo informativo de Siria, a pesar de ser distinto al de Cuba —porque en la Isla no hay ninguna guerra—, no deja de tener ciertos puntos de conexión. Si bien en la Isla no existe un conflicto bélico sí se vive, en cambio, una situación de conflicto artificiosa e inventada por el régimen, que tiene sus consecuencias en el ámbito informativo. Y partiendo de esa lógica de guerra el gobierno castrista toma sus decisiones comportándose como si realmente estuviera en conflicto, con lo cual toda la información está secuestrada con el pretexto del uso que de ella puede hacer el “enemigo”. Todo esto supone también un reto para los periodistas que abordan cuestiones sobre la Isla. Hay múltiples denuncias de fuentes activistas pero jamás existirá la posibilidad de un contraste de informaciones con la parte denunciada, que acostumbra a ser el gobierno. Aplicar la ortodoxia del periodismo en cuanto a Cuba es simplemente una pura fantasía.

Informar sobre lo que hace y deshace un régimen autoritario no deja de ser una tarea prácticamente imposible ya que en esencia una dictadura es opaca, no se guía por principios de transparencia, dirige una masa a la que no consulta y, si lo hace, es en base a una premisa firme: que no se juzgue el sistema. Así pues el periodista siente una sensación de frustración por no poder establecer el balance necesario sobre una información. La denuncia de un activista, sea en Siria o en Cuba, debería poder se cotejada por otras fuentes. Pero este es un requisito que los regímenes autoritarios no permiten. Si el periodismo no tiene acceso a la información y si el acceso que se consigue es interesado, parcial y oculta parte de la realidad, ese ejercicio periodístico se convierte en una aproximación confusa a la verdad. Que una información periodística cuente con aportes de multiplicidad de fuentes tampoco es una garantía suficiente de objetividad en el caso de que las fuentes mientan o disfracen los hechos.

La confusión, las medias verdades y los escenarios irreales juegan a favor de los regímenes autoritarios. La información es el elemento fundamental para tomar decisiones por lo que cuanta más se tenga y mejor responda a la realidad de los hechos, más acertadas serán nuestras decisiones. Confundir y esconder información son, en cambio, los objetivos de las partes interesadas que pretenden ganar tiempo en beneficio propio. Así pasa en Siria ahora en el contexto de las actuales revueltas y así sucede desde 1959 en Cuba, donde un régimen opaco necesita regular la difusión de informaciones, con el pretexto de una guerra inventada, a conveniencia de su particular interés que es únicamente el mantenimiento del poder.

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