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Varios artistas de la isla participaron en la gala inaugural del South Miami-Dade Cultural Arts Center (SMDCAC).

Vestida de rojo, descalza y haciendo alarde de sus voluptuosas curvas, salió al escenario, acompañada del violín.

Distante de las típicas presentaciones de violinistas, esta joven realizaba exóticos movimientos y contorsiones a lo largo de todo el escenario. Sonidos que anunciaban caos y miedo. La entrada de la cubana Muriel Reinoso al escenario fue uno de los turbadores efectos que representaron la llegada del huracán Andrew al sur de la Florida, en el espectáculo de inauguración del nuevo centro para las artes en esta región, el South Miami-Dade Cultural Arts Center (SMDCAC).

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El majestuoso teatro está localizado en Cutler Bay, unas 20 millas al sur de la ciudad de Miami, sobre el mismo suelo que hace casi veinte años se pobló de escombros de casas destruidas por el paso del devastador huracán.

La moderna edificación de una arquitectura exquisita, abrió sus puertas el pasado 1ro. de octubre, con una asombrosa gala que fusionó la danza contemporánea, la música, el teatro y los efectos especiales en un mismo escenario.

La obra relata parte de la historia del Condado Miami-Dade, que tuvo un antes y un después tras el paso del huracán Andrew, en el año 1992, y que se define en esencia por su variedad demográfica.

El espectáculo fue literalmente un reflejo de esta variedad. En un mismo escenario confluyeron estadounidenses, haitianos, jamaiquinos, mexicanos, peruanos, dominicanos, y por supuesto cubanos.

Entre los cubanos que participaron estuvieron la violinista Muriel; los percusionistas Iván Palmas y Leandro González, que aportaron una gama de ritmos afrocubanos, fusionados con los blues y el funk; el bailarín y coreógrafo, Liony García; y el director musical Jorge Gómez, graduado de la Escuela Nacional de Arte, en La Habana y director del grupo Tiempo Libre (nominada en tres ocasiones a los premios Grammy) llevó las riendas del espectáculo.

Los bailarines en silencio describían una ciudad multiétnica y tranquila que de pronto cambió al afrontar a uno de los huracanes más crueles que jamás hayan vivido.

Solos de trombón, violín y otros instrumentos de cuerdas y percusión, interumpían por momentos la quietud de la danza: la música hablaba del misterio aterrador de la llegada del huracán categoría cinco, la desesperación, la tristeza y luego la recuperación y la felicidad.

El Gospel y las típicas canciones mexicanas, interpretadas en español, así como el reggae jamaiquino tuvieron un lugar el la gala.

Los actores, en monólogos escritos por ellos mismos, se pusieron en la piel de las víctimas que de repente se vieron habitando una ciudad fantasma y los efectos especiales, con juegos de luces y proyecciones de enormes fotografías sobre el escenario, ayudaron a reproducir aquella realidad desastrosa: casas en ruinas, automóviles bajo el agua, árboles rotos…

En poco menos de dos horas los espectadores revivieron de alguna manera el episodio triste que fue el paso de Andrew, y comprobaron que una comunidad unida es capaz de levantarse y que sí se puede reconstruir todo, incluso lo que parece imposible.

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