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Filmación Mágica


Filmación Mágica

Finalmente, a través del celular de mi hijo, en la visita que me hiciera en días pasados a donde me tienen encarcelado, pude apreciar el corto “La muerte del gato”, del realizador cubano Lilo Vilaplana, radicado desde hace más de una década en Colombia, lugar a donde se llevó –además de su talento, oficio, algunos amigos y su familia– los rencores que sufrió en carne propia, lógicos de procesos totalitarios, y que ahora, como creador maduro, siente el deber de exponer, primero como literatura, y ahora en el cine.

Los traumas vividos por Lilo, que se llevó en su alma como madre que viaja embarazada, comenzaron a aflorar en esa segunda patria –Colombia–que le abrió los brazos ante su golpe de talento y esfuerzo en las realizaciones.

Transcurrida una década de éxitos, ahora puede darse el lujo de producir estos cortos; este en particular, basó el guión en uno de los relatos del compendio “Un cubano cuenta”, que viera la luz, también, luego de que emigrara.

Muchos espectadores confundirán su geografía, y pensarán que en su totalidad se filmó en La Habana, pues al comienzo se ve caminando por sus calles al personaje Armando, en la genial interpretación de Albertico Pujol, quien fue filmado por otro colega, a petición de Lilo, por su imposibilidad de entrar a Cuba. Luego, la brillante edición empalmaría armónicamente con el resto de lo filmado en Colombia, gracias a la verosímil escenografía de excelentes profesionales que pensaron hasta el más más mínimo detalle, y que ayudó a dar el colorido de la realidad cubana a finales de la década de los ochenta del siglo pasado –en vísperas de anunciarse oficialmente el llamado “Período Especial” que descubriría las peores penurias jamás vividas por el pueblo cubano, y que, de un tirón, cambió las perspectivas de una nación engañada y reprimida por décadas.

En aras de contextualizar la historia, vale recordar que Lilo escogió el día después del fusilamiento del Héroe de la República de Cuba, el General de Brigada Arnaldo Ochoa, un espectáculo circense de los hermanos Castro para entretener al pueblo, hacerle olvidar sus penurias y que se resistiese a tomar las calles en protesta. También fue una lección para el alto mando militar –por otra parte, no menos importante– para quitarse el peligro de los que habían emplumado su égida, y que imitaban los hábitos de los hermanos Castro, sus mentores, para los “que la vida era para gozarla a como diera lugar”. Por último, una vez castigados los funcionarios “desviados de los principios éticos que persigue la Revolución”, se dijo en la prensa oficialista que había que terminar de una vez con las denuncias del gobierno de los Estados Unidos, que acusaba a Fidel Castro de ser parte del narcotráfico internacional que introducía la droga en su país. Aniquilados aquellos hombres que podían testimoniar sobre la anuencia del Régimen en la participación –y con los capos más connotados, como el mismo Pablo Escobar– sellaban un capitulo oprobioso, y –como si fuera poco– exterminaban a los que pudieran crear un plan sedicioso contra su gobierno y competían con su hermano Raúl Castro por el poder militar .

En medio de ese marasmo nacional, el artista que crece dentro de Lilo se preocupa por las pequeñas cosas, aparentemente intrascendentes ante los ojos de la mayoría, para reflejarlas en el arte, como el hambre, la necesidad de una transición política, la pérdida de valores en la sociedad, la separación familiar y las dolorosas cicatrices, expuestas, en este caso, en el personaje de Armando, que no tiene noticias del hijo que se lanzó al mar en balsa, y transcurrido mucho tiempo, al no saber su paradero, supone que no logró alcanzar las costas de Miami y perdió la vida.

El cuento atraviesa la cuerda floja entre la denuncia social y la puesta artística, entre el melodrama y la sensibilidad, logrando, felizmente, salir airoso al ir evadiendo las trampas de intentar contar el sufrimiento calado en cada actriz, actor y equipo de realización, salvo el joven actor Camilo Vilaplana, que gracias a sus padres, logró crecer lejos de aquella catástrofe social. Al final logra ahuyentar, aunque siempre sugiere, la condena a los culpables de la desesperada realidad; ese enjuiciamiento lo deja en manos del público, en particular al cubano.

Sin tampoco hacerlo evidente, despierta ese fino humor inevitable en los cubanos aunque ocurra lo peor. El gato es el trofeo para sus salvaciones reales y sus objetivos; agregar carne a su fuente de alimento les resulta vital, y ,en este caso, el minino de color negro se convierte en un símbolo del mal, porque además es una venganza hacia la opresión que sienten por su dueña, la chivata del barrio.

Las actuaciones magistrales de Jorge Perugorria como Raúl, Alberto Pujol como Armando, Bárbaro Marin y Coralita Veloz, como Camilo y Delfina, respectivamente, montan la puesta, en genialidad conjunta, a una altura digna, artísticamente hablando, que deja un sabor de dolor y a su vez de placer.

Agradecemos el esfuerzo de la familia Vilaplana y los amigos artistas que se unieron al proyecto, porque en la muerte del personaje Armando, matamos parte de la sombra que aún nos persigue de aquellas penurias, y en el sufrimiento y las lágrimas de Raúl y Camilo, rodaron las nuestras, en pleno ejercicio de exorcismos personales.

Por estos días, el corto ha sido invitado para participar en el Festival de Cannes; a pesar del dolor de ver nuestras vidas reflejadas en la pantalla, y saber que la dictadura culpable aún se mantiene en el poder por más de medio siglo, cada vez que los cubanos errantes por el mundo en busca de libertad y oportunidades, superan el miedo a ser perseguidos en cualquier rincón del planeta donde intenten ocultarse, triunfan, sobre todo con el arma del arte, la más eficaz de todas.

Reciban mi abrazo, y el agradecimiento inmerecido por la dedicatoria, de su hermano Ángel desde el asentamiento de Lawton.

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