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Darsi Ferrer/ El ocaso de los caudillos y las vanguardias


Si alguna vez la tan apurada frase “el final de la Historia” ha tenido un sentido palpablemente real e irrevocable, es en este presente donde la Humanidad toma realmente el destino en sus manos.

De repente, los viejos y seguros métodos de llegar al poder, meterlo en férreo puño y ahí envejecer y hasta donarlo como herencia familiar se han vuelto quebradizos, incluso pueden convertirse en la vía de terminar en el banquillo de los acusados de un tribunal.

Si alguien debe aprender algo sombrío de la alucinante rebelión popular que recorre el mundo árabe, son los déspotas y los que aspiraban a serlo en ésta y otras áreas geopolíticas cuyo nombre no requiere pronunciarse.

En los últimos meses se les puso el dado malo a esa corriente de exaltados oportunistas, caudillos carismáticos que realmente lo tuvieron fácil durante el siglo XX, en el que se reprodujeron hasta la saciedad. Esos que a nombre de una mítica “vanguardia revolucionaria” lo que buscan es entontecer a los pueblos, atrapar el poder y no soltarlo por el resto de sus vidas y, siempre en pos de la utopía, huir continua y tozudamente hacia delante por la estrecha y horrorosa vía de la ingeniería social.

En Túnez y Egipto les liquidaron las perspectivas vigentes y futuras a los indeseables dictadores. Los pueblos, hasta los más pobres y olvidados, les están arrancando la patente de la revolución que creían tan suya como los monarcas el derecho divino a regir. Los medios modernos de comunicación brindan las llaves para la emancipación. Horrorizados, los sátrapas que aún tienen su empleo descubren que Internet, las redes sociales, la TV por cable y los celulares, que ya forman parte inevitable de la fisonomía popular, no pueden ser controlados como querían. Y lo peor, según su cuenta, es que trasmiten el virus de la libertad y la democracia a una velocidad que espanta.

Si alguna vez la tan apurada frase “el final de la Historia” ha tenido un sentido palpablemente real e irrevocable, es en este presente donde la Humanidad toma realmente el destino en sus manos. Ya ningún pueblo tendrá como única opción aceptar como sus representantes a “vanguardias” ni caudillos iluminados con la “verdad” que arteramente se ofrezcan para sacarles las castañas del fuego. La modernidad les ha dado los instrumentos para lograrlo por sí mismos, y su buen sentido para elegir la democracia y las libertades, y no el totalitarismo y la intolerancia.

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