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¿Con qué China tratará la Casa Blanca?


Cliente chinos esperan para a la nueva tienda de Apple en Pekín (China).

Los gobernantes chinos han conseguido lo que nadie creía posible: permitir estructuras de libre mercado en un sistema político totalitario

Los dos candidatos presidenciales hablaron de la China en su último debate, algo comprensible porque se trata del país más poblado del mundo, de la segunda potencia económica del planeta y del mayor acreedor de Estados Unidos, pues la deuda norteamericana supera el billón de dólares.

Tanto el presidente Obama como su rival republicano Mitt Romney trataron de demostrar su firmeza ante el enorme déficit comercial con China, que atribuyen a una divisa artificialmente devaluada, pero cualquier posición que tomen ahora puede fácilmente quedar desfasada por la realidad que se avecina ante el próximo congreso del Partido Comunista el próximo 8 de noviembre.

Los grandes cambios experimentados en la China desde el mandato de Deng Xiao Ping, quien aceptó principios capitalistas en la economía de un país que sigue declarándose marxista, pueden consolidarse en una nueva fase cuyo contenido nadie conoce, pero que puede ser un paso más en la adopción de sistemas económicos totalmente ajenos al marxismo.

Es porque, por primera vez desde la revolución comunista china, el partido ha decidido eliminar la referencia a Mao Tse Tung, el fundador del sistema en que ha vivido la China desde hace cerca de 70 años y cuyas ideas, si bien han quedado superadas por las realidades económicas, han estado recibiendo una veneración oficial por parte de todos los gobiernos. En los documentos preparatorios aparecen tan solo los conceptos de “tres representados” y de “desarrollo científico”, presentados por Deng Xiao Ping y por el actual presidente Hu Xintao, respectivamente.

Los observadores de la situación china, tanto en Asia como en el resto del mundo, se preguntan si este cambio es simplemente un arreglo cosmético o si responde a una transformación más profunda.

Es pronto para saberlo, especialmente porque los conceptos como el “desarrollo científico” pecan de amorfos y susceptibles a todo tipo de interpretaciones. Pero quienes apuntan a un cambio de más importancia señalan que esta medida se aplica después de la defenestración de Bo Xilai, el líder de tendencias más progresistas cuya esposa ha sido ya juzgada y condenada por el asesinato de un ciudadano británico, mientras el propio Bo espera todavía la decisión de los tribunales.

No hay duda de que Bo refleja la lucha de poder en el país, donde aquellos que han perdido poder político evocan la nostalgia de unos tiempos que ahora presentan como buenos de la “revolución cultural” y del “gran salto adelante”, haciendo caso omiso de la miseria y del terror que los acompañaban.

Hay quienes apuntan a la enorme corrupción que reina en China para restarle importancia al cambio, pero esta es una circunstancia tan real hoy como hace miles de años y no ha quitado hasta ahora significado a las decisiones políticas.

El hecho es que la eliminación de Bo, junto con el nuevo lenguaje para el congreso del partido en noviembre, hacen prever a muchos el inicio de una nueva etapa en China. Lo que no sería sorprendente: el país se ha transformado de la miseria secular a una potencia económica. Para ello tuvo que dejar atrás los esquemas económicos marxistas y hoy se ha de enfrentar a las nuevas realidades –y a la necesidad de alimentar y satisfacer a más de 1300 millones de personas.

Ya no es un país tercermundista, sino cada vez más desarrollado y con una clase media que crece, pero esta misma etapa económica nueva significa un crecimiento menor, como las economías más maduras, y obliga a replantearse todos los esquemas.

Hasta ahora, los gobernantes chinos han conseguido lo que nadie creía posible: permitir estructuras de libre mercado en un sistema político totalitario. Tal vez les sea cada vez más difícil y traten de buscar un marco nuevo para mantener el aparato de poder sin ahogar una economía a la que el corsé le está quedando pequeño.

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