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Hugo Chávez ha conseguido erigirse arlequín oficial de todo cónclave al que asiste. Baste recordar la Cumbre Iberoamericana de 2007, donde fuera conminado a callarse por un rey Juan Carlos I a quien le pudo demasiado la incontinencia verbal del gobernante.

Que la primera cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, la recién nacida CELAC, iba a ser un pintoresco circo donde se ventilarían algunos de los peores hábitos de nuestra porción latinoamericana, era cosa sabida. Lo que no sabíamos era las dimensiones de la carpa, la variedad de números que interpretarían sus protagonistas, y los raros especimenes que integrarían los actos circenses.

¿Quién no contaba con que la estrella de cartel iba a ser el abotagado presidente de Venezuela, a quien ni siquiera las terribles células cancerosas le han llamado a la sensatez?

Hugo Chávez ha conseguido erigirse arlequín oficial de todo cónclave al que asiste. Baste recordar la Cumbre Iberoamericana de 2007, donde fuera conminado a callarse por un rey Juan Carlos I a quien le pudo demasiado la incontinencia verbal del gobernante; o la Cumbre de Trinidad y Tobago de 2009 donde, en uno de esos actos pretendidamente simbólicos y verdaderamente ridículos, le obsequió a Barack Obama un ejemplar de “Las Venas Abiertas de América Latina”.

(Nunca quedó claro si el gesto tenía una finalidad simbólica o era solo un espaldarazo a la economía de su camarada Galeano: tras el obsequio a Obama, “Las Venas Abiertas de América Latina” pasó del puesto 60 280 de libros más vendidos de Amazon, al puesto 10. Un milagro comercial).

Ahora, un Chávez de rusticidad inagotable hizo de hombre orquesta: describió con movimientos manuales y simpáticas onomatopeyas (“Rrrrrrrrrrr”) cómo le habían mirado por dentro los scanners cubanos; obsequió a Cristina Fernández un gigantesco cuadro de Néstor Kirchner, que aun sin el triplicado estrabismo representado por el artista era per sede pésimo gusto; y puso luego la guinda a su pastel: entregó el mando provisional de la CELAC a un presidente de Chile que llegó a Caracas con Sebastián por nombre, y regresó a Santiago rebautizado por Chávez como Samuel.

Sebastián “Samuel” Piñera es, a mi juicio, figura de primera importancia esta vez. Y no por un heroico y hollywoodense rescate de mineros. Pero dejémoslo para X párrafos más abajo.

¿Alguien dudó de que otros incidentes de comicidad probada condimentarían la cita que, según las cifras siempre neblinosas del gobierno de Caracas, costó a Venezuela unos 25 millones de dólares?

Allí se apareció el hosco presidente de Uruguay, José Mujica, con una campera del ejército venezolano que más que un atentado a la moral del ejército uruguayo era un crimen de lesa estética. Bajo el simpatiquísimo acto de Mujica, con su sempiterno parecido a un armadillo amable, cabe citar las palabras del senador uruguayo Ope Pasquet en declaraciones radiales a El Espectador: “La imagen del Presidente es la imagen del país, y la imagen del Presidente vestido así, es la imagen de un paisito”.

Entre las especies endémicas imposibles de obviar en semejante Cumbre, estaba Fidel Castro. El viejo fue. A través de la boca de su hermano.

Como disculpándose por ser tan poquita cosa, tan poquito Presidente, Raúl Castro pegó pie en Venezuela y se excusó: “El que de verdad debería estar aquí es Fidel. Él es quien lo merece”. Y por supuesto, lo dijo con esa voz tan suya, tan retrasada en frecuencias.

Durante su intervención en la cumbre, con un discurso que mal le escriben y él peor lee, Raúl Castro debió interrumpir sus palabras y preguntar si los cañonazos que escuchaba eran la guerra de Chávez contra los mosquitos. Refinadísimo sentido del humor. No, el General no tiene quien le diga que con esos cañonazos los acólitos de Chávez acallaban el cacerolazo del pueblo venezolano reclamando alimentación.

Y alguien para quien la alimentación es asunto de primera prioridad, es el grácil Evo con quien comparto apellido. Morales aseveró que en la nueva comunidad, sin la presencia del perturbador Estados Unidos, se podrá debatir “cómo hacer frente a la crisis energética, económica y alimenticia que asola a los países de la región”.

Sí, a Evo le preocupa la alimentación de su gente. Por eso ha excluido el pollo del menú boliviano: él sabe, él sabe muy bien que los pollos hormonados producen calvicie y homosexualidad, según inmortalizara en otro discursito, y eso no puede darse entre sus camaradas de coca y poncho.

Sin embargo, el acto quizás menos visible y al mismo tiempo el más escandaloso; el número representado con sutileza, sin los reflectores de espectáculo, era otro. Era el que protagonizaban presidentes democráticos, decididamente alejados de los populismos y sus derivados totalitarios, como Sebastián Piñera, Felipe Calderón, Juan Manuel Santos, y Ricardo Martinelli, reunidos y revueltos con gobernantes de la repulsiva talla de Daniel Ortega, Raúl Castro, Evo Morales, Rafael Correa y el anfitrión Hugo Chávez.

Definitivamente no consigo encontrarle explicación sensata.

¿De qué Unidad Latinoamericana me hablan, qué funcionalidad como estructura de cooperación puede existir entre países comandados por empresarios de centro-derecha como Piñera y el panameño Martinelli, y aquellos administrados por individuos de izquierdismo feroz y mentalidad autoritaria como Raúl Castro y Daniel Ortega?

Peor aún: no creo que ninguno de estos estadistas reunidos en la I Cumbre de la CELAC ignorara que esta organización, concebida milimétricamente por el cerebro chavista, no persigue ni de lejos una finalidad económica. Antes, mucho antes, tiene un objetivo político: distanciarse de los dos únicos países de América que no fueron invitados a integrar el grupo. Estados Unidos y Canadá.

Si, como es un secreto a voces, la principal directriz de la CELAC era diluir a la Organización de Estados Americanos (OEA); si únicamente suplantar a la OEA por otra comunidad con más respaldo y credibilidad era su esencia, creo que yo mismo habría firmado su ejecución. Se trataría de echar tierra final sobre un organismo torpe e inútil como pocos, cuya agónica vida no me molestaría demasiado apurar en su final.

Sin embargo, dar cuerpo a una CELAC de predominio económico y estratégico chavista y castrista, estableciendo unas distancias con Estados Unidos que podrían ser definidas como francamente hipócritas (¡hasta las cápsulas Fénix conque rescataron a los 33 mineros fueron fabricadas por la Armada de Chile junto con la NASA estadounidense!), me ha parecido de un descalabro ético y moral sin parangón en la historia reciente.

Feo historial comienza a delimitarse en torno al empresario Piñera, uno de los políticos con más vocación democrática y pensamiento liberal de toda la región, si no tiene escrúpulos en dirigir una troika regente de la CELAC cuyos otros dos miembros son nada menos que Hugo Chávez y Raúl Castro. Desde pequeño me enseñaron lo que sucede a quien a mal árbol se arrima, y lo que te dirán si dices con quién andas.

La gran carpa de la CELAC se alzó en Caracas, divirtió a muchos, sorprendió con sus actos estrafalarios a otros. Pero al caer el manto colorido y apagarse el bullicio, una extraña sensación de farsa latinoamericana, de populismo de unos entrelazado con oportunismo de otros, le dejó la sonrisa congelada a demasiado público atento.

Contextualizando y ampliando el espectro de la más famosa frase del desencanto peruano, parece que durante mucho tiempo seguiremos preguntándonos, como aquel delicioso personaje de Vargas Llosa, en qué momento se nos jodió la región.

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