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Dios se apiade de Benedicto


Fotografía de un cartel de bienvenida al papa Benedicto XVI hoy, lunes 19 de marzo, en La Habana (Cuba).
Qué pena que la visita de un Papa sea escenario para exorcizar tanta cosa fea de un país. Yo no soy católico, pero si lo fuera no estaría nada a gusto con la atmósfera que se respira en hoy Cuba. Es el countdown hasta el quién sabe qué. La tensión acumulada bajo las venas, a punto de explotar.

Qué pena que un visitante llegue a nuestra casa (si pudiéramos disponer de la Isla en que nacimos como de la casa de todos) y vea semejante desorden. Mis padres me enseñaron a recoger mis ropas, mis libros, a sacudir el polvo, a disponer la mejor atmósfera antes de abrir la puerta a mi huésped.

Qué triste que un acontecimiento semejante, el regreso de un Sumo Pontífice a la Isla caribeña luego de casi 15 años desde Juan Pablo II, deba ser escogido por los inconformes, los desposeídos, los añorantes, para expresar su malestar bajo la égida protectora de la Iglesia, cuando debería ser una fiesta nacional, un espacio de verdadera reconciliación donde palabras como mercenarios y asalariados fueran herejías sin perdón.

Qué triste que a falta de oídos que escuchen en instituciones creadas para ello, digamos que un Parlamento, quienes no se cansan de buscar un mejor país para todos deban echar mano de instituciones como la Iglesia, donde la política siempre sonará hueca, impropia, ajena. Casi como aquel pistoletazo en un teatro del que hablaba Stendhal.

Así pasa cuando no queda más remedio. Cuando las reglas de un juego equitativo, democrático en términos contemporáneos, no existen, solo existe una regla: el sálvese quien pueda. La ley del más fuerte o del más ocurrente. Hoy tomando una Iglesia, mañana siendo golpeados. Hoy pidiendo a un Papa de 48 horas que se reúna con un grupo de inconformes, mañana recibiendo calumnias en todos los periódicos de circulación nacional.

Así funcionan las comarcas sin orden. Así me decían mis padres que no era elegante recibir a las visitas. Pero mis padres eran los primeros en cumplir esa regla. Los dueños de nuestra gran casa flotante han armado el sálvese quien pueda y piden hoy concordia. La Isla le devuelve el caos: un Costa Concordia.

Piden buenas costumbres, alegría, respeto, mientras expulsan a patadas a los más pobres entre los pobres (según la Biblia los más amados por Jesús) de sus miserables casuchas a los costados de la vía santiaguera. No, Benedicto no debe entristecer su santa mirada con ese panorama de pobreza cuando viaje hasta la Virgen del Cobre.

Piden paz y espíritu cívico, y devuelven insultos, machetes que son poquitos, irrespeto por el derecho al desacuerdo, actos de repudio contra mujeres pacifistas.
Juegan a la amnesia nacional. Juegan a la farsa: a que nadie se acuerde del estigma que implicaba ser católico. A las expulsiones de escuelas, de centros de trabajo. La argamasa del poder cubano, esos octogenarios llenos de manchas y arrugas y cabezas semi calvas pretenden continuar con su risa burlesca: “Pórtense bien, muchachitos, no nos hagan quedar mal frente al Santo Padre”.

Qué vergüenza que solo para la visita de un líder espiritual decenas de calles y vías públicas reciban ahora reparación, retoques de pintura, fachadas remozadas. Solo aquellas que tengan el privilegio de la cercanía papal. Un modus operandi intrínseco a los Paraísos Socialistas: la escenografía, la mentira disfrazada de estricta verdad.
Qué hartos estamos todos de esto, ¿no? Que nos devuelvan un país normal. Un país donde los ciudadanos no tengan que pedirle a Jesús o su intermediario en la Tierra aquello que deberían exigirle a su Gobierno.

La travesía de Benedicto se presenta como un calvario sin igual. De la narco-barbarie mexicana a la desesperanza cubana. De cuarenta mil asesinados en nombre de una guerra de dinero, drogas y poder, a varios millones de suplicantes, de temerosos, de inmolados, de ahogados en el mar o congelados en los aires, intentando escapar.

Los mexicanos le pedirán paz a Su Santidad. Los cubanos le pedirán libertad. No sé cuál de las dos se presenta más inmensa. Que Dios se apiade de Benedicto.

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