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Justicia de Quita y Pon


Junto a Castro el vicepresidente de la isla, Esteban Lazo (i); el ministro de Cultura, Abel Prieto (2 i) y el escritor y presidente de la UNEAC Miguel Barnet (d), y el poeta Roberto Fernández Retamar (d)
Se lo escuché decir a Carlos Alberto Montaner en una presentación sobre arte y literatura en el exilio: uno de los puntos en los que el régimen cubano ha sido indudablemente astuto, es en la connotación negativa que ha sabido colgarle encima al término anticastrista ante el mundo, mediante una efectiva maquinaria propagandística.

Por ejemplo: mientras decir en público que se ha sido durante muchos años un intelectual antifascista, o antipinochetista, arranca inmediatos aplausos de aprobación, no corre con igual suerte quien se pronuncie como un hombre de pensamiento y acción anticastristas.

Si le acompaña la fortuna, su declaración será tomada con un displicente silencio. En otro de los casos, algunas sillas de su auditorio se correrán y el público puede verse reducido notablemente.

Se trata de un complejo puzzle cuya armazón puede resultar inexplicable para quienes, como yo, tenemos a la lógica como herramienta fundamental en la conformación de juicios: muchos de los que han sufrido y combatido tiranías de diverso color y diversa ideología, sostienen con respecto a la cubana una incomprensible posición, a medio camino entre la cobardía y el silencio hipócrita.

Así, por ejemplo, vemos a respetables intelectuales, artistas, hombres influyentes, referirse con términos ácidos al General Franco, que decidió los destinos de la nación española durante cuarenta años, y con respecto al sátrapa insular que timoneó la Isla a su antojo durante cincuenta, hacen mutis o mucho peor: sonríen gustosos.

Digamos un par de nombres, apenas: Miguel Bosé, Luis Eduardo Aute. Españoles de buena raza, que no escatiman en adjetivos hirvientes cuando de remover los huesos de su dictador se trata, pero que cuando toman en sus bocas cantoras el nombre del nuestro, les sale poesía en flor.

Yo les preguntaría, por ejemplo, qué les parece la aprobación del Castro mayor a la decisión de su hermano de limitar los mandatos a dos plazos de cinco años.
En lo adelante, creo que no advierto más posibilidades para sus respuestas: o hay que poseer una dosis extra de imbecilidad para desconocer el cinismo tras ese apoyo del Comandante vitalicio, o se trata de una hipocresía intelectual demasiado grande para ser tomada en cuenta.

Cierta vez le pregunté al periodista Max Lesnik, notable apologista de casi cualquier desatino que venga del gobierno de La Habana, qué le pasaría por la cabeza si de repente el gobierno americano le impidiera, luego de salir de Miami, regresar a la que ha sido su ciudad de toda la vida. Su respuesta no pudo ser otra: “Sería muy terrible, desde luego, y violaría mis derechos”.

Pues bien: esa misma pregunta me encantaría formulársela al actor Benicio del Toro, digamos. Tan admirable en su profesión como cuestionable en las causas que abraza. Decirle, por ejemplo: “Usted sale y filma su película guevariana. Usted ofrece sus soberanas declaraciones, en Cuba, en lo tocante a embargo e injerencia del gobierno americano, y de repente, cuando va a comprar su pasaje de vuelta a casa, ese gobierno le ha cerrado las puertas de su país para siempre. ¿Entonces qué tal?”

Adaptemos un apotegma criollo, y digamos que hay causas que merecen palos. Y que hay silencios que también merecen palos. Y que escuchar a intelectuales como Eduardo Galeano y Noam Chomsky criticar los desmanes históricos de los gobiernos tiránicos en Latinoamérica, y desconocer que ante sus ojos un país sigue administrándose como la parcela privada de una pequeña familia, solo nos lleva a concluir que la notoriedad creativa no tiene por qué ir de la mano con la honestidad ideológica.

Cada vez que leo las lacrimógenas peticiones de libertad a favor de los Cinco miembros de la Red Avispa, por parte de artistas como Danny Glover, Sean Penn y Danny Rivera, y no escucho sus pronunciamientos sobre los miles de niños separados de sus padres porque estos, médicos de profesión, decidieron escapar del cerco que les imponía el sistema, y ahora pagan con sus hijos como rehenes, no puedo evitar un rechazo esencial, un asombro bien parecido al desprecio.

Al parecer, es bien placentero denunciar a los cuatro vientos las conductas vergonzantes de soldados americanos en Guantánamo, pero cuando se trata de decir una palabra, una sola, con respecto a la treintena de ancianos dementes masacrados en Mazorra, es positivo guardar el más puro silencio. Es un supremo ejercicio de inmoralidad abogar porque el infiltrado René González, hoy libre tras cumplir su condena en Estados Unidos, visite a su hermano enfermo en Cuba, cuando en La Habana Alan Gross pesa hoy lo mismo que un adolescente mal alimentado, y esos mismos voceros de la justicia hacen mutis al respecto.

Definitivamente: se trata de un espíritu justiciero que se enciende y se apaga a conveniencia. Una justicia de quita y pon.

Por eso no puede sentir conformidad un intelectual de respeto como Carlos Alberto Montaner, con la connotación parduzca que lleva encima, en muchas partes del mundo, el término anticastrista. Por eso intelectuales eternos como Guillermo Cabrera Infante o Jesús Díaz, que en un momento de sus vidas se pararon a mitad del camino y supieron enfrentar con verticalidad la misma causa que antes habían defendido, jamás pasarán con gusto ante los ojos de académicos izquierdistas para quienes está muy bien haberse enemistado con Leónidas Trujillo, pero no con su colega Fidel Castro.

No se trata de una efectividad sobrenatural de la propaganda oficialista cubana. Se trata –cada día lo dudo menos- de una hipocresía ideológica demasiado generalizada, en tiempos donde decir artista o intelectual y decir hombre de pensamiento sólido, ya dejó de ser necesariamente sinónimo.
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