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ET, el extraterrestre, cumple 30 años


Fotograma de la película "E.T., el extraterrestre" con la que el director Steven Spielberg consiguió fama mundial.

¿Qué hace memorable a una película sino la posibilidad de volver a verla, una y otra vez, como el primer día, con la misma frescura?

Hay películas en que desde la primera escena se marca la gramática de lo que será su derrotero argumental y estético. Ocurre por ejemplo en Blue Velvet, la obra maestra de David Lynch de los 80’s. Una de las primeras escenas comienza con un plano de naturaleza pura: rosas rojas silueteándose contra una cerca de madera blanca, que a primera vista podrían augurar placidez argumental. Pero la aparición de un petirrojo americano, que tiene entre su pico un insecto todavía vivo, introduce una carga de violencia inesperada. Violencia que más adelante Lynch remata con el hallazgo (entre la plácida maleza) de una oreja humana llena de hormigas.

En E.T, el extratrestre (1982), de Steven Spielberg, ocurre todo lo contrario. Si bien la primera escena, maestra, también comienza con un plano de naturaleza agreste, con una quietud acechante y un halo de misterio acentuado por la presencia de una nave de otro mundo, hay algo que nos dice que no ocurrirá nada maligno. Tal vez sea la manera amorosa en que la cámara deja ver unos dedos no humanos apartando una hoja. O la forma curiosa en que el recién llegado (¿dejado allí para algún fin o por apuro de los visitantes?) se asoma por el claro del bosque, para palpar el mundo al que acaba de llegar. Lo que David Lynch simboliza en la naturaleza es la muerte, lo grotesco en lo aparentemente calmo; Spielberg, por el contrario, la utiliza para proyectar la vida, aunque no sea de este mundo.

No resulta por eso nada extraño que E.T, uno de los filmes por el que más hemos llegado a querer a Spielberg, se vea hoy, a los 30 años de realizada, con el mismo asombro, ternura y vigencia que cuando el director la rodó. Y es que en E.T (filmada cuando todavía estaban lejanas las técnicas digitales de hoy) se encuentran muchas de las claves del cine posterior de Spielberg: gran fuerza imaginativa, dilemas fantásticos resueltos con herramientas muy creíbles, y un portentoso diseño visual que siempre termina haciéndonos pensar que los extraterrestres son seres “demasiado” humanos.

La llegada de E.T a la casa de Elliott, y sus hermanos, está marcada por el escepticismo de su madre, una mujer recientemente separada, que ya tiene bastante con los traumas del divorcio para andar creyendo en cuentos de camino. Pero su incredulidad, y la de sus hermanos (todavía no hablaremos de Gertie, la pequeña hermanita, en lo que fue el debut de la rubia Drew Barrymore) refuerzan la fe del pequeño Elliott, quien más que un Encuentro cercano del Primer Tipo, tiene la mente suficientemente abierta para en realidad querer solo un contacto afectivo. Sin importar que su nuevo amigo tenga los dedos largos y gelatinosos, que su cabeza sea más grande de lo normal, y que no pueda balbucear muchas más palabras que un bebé. “Phone, home” (teléfono, mi hogar) es una de las frases que pronuncia, y es también muy recordada en el cine.

La fuerza narrativa de este filme -mantenida hasta el final- no descansa tanto en la pirotecnia de efectos especiales, como en la forma en que Elliott y E.T van consolidando su amistad. Al terror que le produce su primer encuentro con el “monstrito”, y posteriormente el de sus hermanos, sobreviene la complicidad entre todos para mantenerlo en la familia. Y aquí hay que hablar de uno de los grandes logros de Spielberg: contar la historia con los ojos de los niños, sin perder nunca la inocencia ni contaminar con su punto de vista adulto, la narración. Antes de empezar a rodar, Spielberg hizo pruebas de casting a más de 300 chicos, para el rol de Elliott. Pero finalmente, Robert Fisk sugirió a Henry Thomas, para interpretarlo.

La naturalidad con que Spielberg dirigió a los actores infantiles es palpable en todo el elenco, pero sobre todo en Elliott y la pequeña Gertie, interpretada por una muy niña Drew Barrymore, quien es recordada por gritar horrorizada cuando ve por primera vez a E.T, para, al final, recibir su consejo. “Sé buena”, le dice E.T antes de partir.

E.T costó $10,5 millones de dólares, un presupuesto relativamente modesto para las producciones de Hollywood. Ganó en su momento cuatro premios Oscar, incluyendo el de Mejor Banda Sonora, compuesta por John Williams (compositor de cine si los hay). Ha sido evaluado por el American Film Institute (AFI) como el tercer mejor filme de ciencia ficción. Y por la revista Time como una de las mejores películas del mundo.

Aunque en 2002, por su 20 aniversario, Spielberg retocó escenas desde las técnicas digitales, lo cierto es que su “monstrito” original tuvo la asesoría técnica de siete operadores, amén de los movimientos de actores de carne y hueso, arropados por las técnicas análogas. Tamara de Treux, Pat Bilon, Tina Palmer, Nancy Maclean, Pam Ybarra y Matthew de Meritt (un niño que nació sin piernas) se movieron con la piel de la criaturita de ojos enormes y andar algo torpe. La voz de E.T (inolvidable) fue la de Pat Welsh, una anciana que fumaba dos paquetes de cigarrillos al día.

¿Qué hace memorable a una película sino la posibilidad de volver a verla, una y otra vez, como el primer día, con la misma frescura? Traer a la memoria el fragmento de una escena querida es tan entrañable como silbar una melodía olvidada. Y eso nos pasa con la famosa escena en que Elliott y E.T vuelan juntos en la bicicleta, pasando al lado de la luna llena y viendo el bosque desde un contrapicado. Steven Spielberg, que, como Tarantino no tiene complejos a la hora de reconocer sus influencias, le rinde un bello homenaje a uno de los cuentos infantiles más imaginativos de todos los tiempos: El maravilloso viaje de Nils Holguersson, el niño que vuela junto a sus patos.

Ya antes, Spielberg ha hecho su tributo a otra fábula infantil, esta vez la de Peter Pan y Wendy, de James M. Barrie (que le lee la madre a Gertie), quienes se mueven en ese territorio donde los niños nunca envejecen, y no resulta osado vivir por siempre en la candidez.

Hay que decir que si bien Spielberg fue pionero en filmes de tipo fantástico (que podemos calificar, sin mucha convicción, como “ciencia ficción), su lente nunca estuvo interesado más de la cuenta en el exceso de efectos especiales, esos que deshumanizan tanto la historia en nuestros días. Tampoco por teñir de truculencia el argumento, como sucede en las historias fantásticas de Stephen King, donde los niños producen más miedo que los adultos. O en las más recientes, tan bien representadas por la serie insufrible de Crepúsculo, en donde el vampiro es el mejor amigo del adolescente. Yo prefiero mucho más al Spielberg de E.T, que al de Tiburón, porque al director la inocencia le brota naturalmente, mientras que el horror tiene que impostarlo.

Podría estar toda una vida hablándoles de E.T. Y contarles, por ejemplo, que la escena en que la familia sale disfrazada -los hermanos escondiendo al pequeño extraterrestre bajo una sábana- prefigura genialmente toda una estética en películas posteriores como Gremlins (1984), de Joe Dante, donde Spielberg fue productor. Allí se repite la estructura de la cofradía infantil interactuando con seres extraños -los Gremlins-, anticipados en E.T. Pero no hay más tiempo. La misteriosa nave se va, con el mismo misterio con que llegó, envuelta en tonos crepusculares y alzándose entre un bello claro de bosque. Lo mejor es correr a ver otra vez E.T, quien ya en su 20 aniversario regresó a los cines con una versión extendida, y a la televisión, con dos discos en DVD. Ahora sólo queda esperar a octubre próximo, cuando Spielberg y los suyos saquen al mercado una versión especial del filme en Blu-ray, que es la nueva forma de ver el cine.

Por ahora, tendremos que conformarnos con ver de nuevo la escena en que Elliott y el pequeño E.T sobrevuelan el bosque acompañados de la música de fondo creada por John Williams para la aventura. Que es todo un portento, no tengan duda.

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