miércoles, febrero 10, 2016, 3:46 am

    Arte y Cultura

    Chucho Valdés y Gonzalo Rubalcaba en el Carnegie

    El diario The New York Times destaca con elogios un concierto en el que participaron los dos renombrados pianistas cubanos en el famoso Carnegie Hall neoyorquino.

    El pianista cubano Gonzalo Rubalcaba, radicado en EE.UU., fue uno de los concertistas en Voces de América Latina del Carnegie Hall.
    El pianista cubano Gonzalo Rubalcaba, radicado en EE.UU., fue uno de los concertistas en Voces de América Latina del Carnegie Hall.
    Raíces tradicionales con libertad de improvisación, es la fórmula que según el diario The New York Times prevaleció en el concierto que la noche del martes ofrecieron en la sala Carnegie Hall de Nueva York, cuatro pianistas latinoamericanos, entre ellos los cubanos Chucho Valdés y Gonzalo Rubalcaba.

    El concierto en el que los cubanos compartieron su maestría con el panameño Danilo Pérez y el brasileño Egberto Gismonti, siguió un programa matemático: cuatro solos, dos duetos, y un cuarteto, como parte de la serie de interpretaciones ofrecidas por el Carnegie bajo el título de Voces de América Latina.

    “Fue una noche de hiperactiva libertad de improvisación anclada en una profunda erudición musical”, dice el Times, en la que Rubalcaba expuso la “elegancia de la vieja  música cubana y luego la escindió de múltiples maneras”, con “caprichosos altos y arranques”, con atrevidos “estallidos de disonancia”.

    Mientras tanto, Valdés "flirteó con el piano", dice, a una velocidad demoníaca, yendo de la guajira cubana a Bach. “Con tantos dedos volando sobre las teclas los duetos podrían ser enredados”, pero Rubalcaba y Valdés lo hicieron más fácil “delineando con claridad el solo y el acompañamiento” con traviesas y breves tonadas una y otra vez.

    Cuando los cuatro pianistas tocaron a ocho manos una clásica composición cubana, la Danza Lucumí de Ernesto Lecuona, todo se abarrotó, pero emergieron de manera informal solos centelleantes, dice la nota del Times.

    Eventualmente Rubalcaba y Valdés, apunta, “abandonaron el teclado y empezaron a tamborilear sobre sus pianos” despejando el ambiente y “regresando a la danza”.
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