lunes, septiembre 01, 2014, 9:41 am

Opiniones / Orlando González Esteva

El animal de Martí (7)

El autor revela el desenlace de la novela protagonizada por dos aves neoyorquinas.

No engendra hijos sino después de haberles procurado casa (José Martí)
No engendra hijos sino después de haberles procurado casa (José Martí)
Una novela en el “Central Park” es la historia real de una pareja de aves que advierte, consternada, cómo la rama del árbol donde ha fabricado su nido resulta demasiado débil para sostenerlo y puede acabar, si no quebrándose, sí doblándose y poniendo a los pichones que nacerán sobre ella al alcance de la tierra, de cuyo contacto ningún ave tiene buen recuerdo.

Tener alas, recuerda José Martí, no es sino el resultado del esfuerzo milenario de una criatura por poner distancia entre ella y el mundo, y dirigirse al cielo, en todas las acepciones posibles de esta palabra, incluso en la teológica. La vida a ras del suelo es temible, pero las alas no se improvisan. El propio Martí sabe cuán difícil es armarse de unas artificiales o, luego de conseguir crecerlas, conservarlas:

A todo hombre le quema la vida las alas de cera. Yo me hago otras alas y me las corto, y me las rehago: de modo que me parece que tengo ante mí un taller de alas. Pero duelen al salir; duelen al aletear; duelen más al caerse; siempre duelen.

La renuencia de las oropéndolas observadas por él a permitir que sus crías nazcan cerca de la superficie de la tierra me devuelve a un haiku de Kobayashi Issa cuya protagonista es una mariposa. Sólo que en este caso la permanencia en el aire no responde al temor a la tierra sino a la total indiferencia del insecto hacia ella y, sospecho, hacia quienes la habitamos:

Revolotea
la mariposa. El mundo
no le interesa.

El aire es un planeta aparte y, sin duda, más delicado que el nuestro. El aire está lleno de almas, decía Martí.

Una novela en el “Central Park” registra la angustia de las aves neoyorquinas e incluso sus discusiones ante la catástrofe en cierne:

Aletearon y piaron querellosamente los dos pajarillos. Se paraban en otra rama, y se movían en ella. Se juntaban como para consultarse, y separadamente, como para buscar, se perdían por el ramaje espeso. --Y volvían con tristeza, como dos esposos desdichados, a posarse sobre la rama débil. --Con el nido a medio fabricar, lleno ya de sus esperanzas y devaneos, ¿qué harían ahora: ni del amor impaciente, que les agitaba de adentro del pecho su plumaje de oro,--de su creador amor, ¿qué harían? Porque el pájaro, más sabio que el hombre, no engendra hijos sino después de haberles procurado casa.-- Ala contra ala seguían gimiendo los dos pajarillos.

Hay detalles dignos de hacer notar:

a) lo que colma el nido: esperanzas y devaneos;
b) la prisa del amor de las aves, típica de la juventud a la hora de acoplarse y ostensible en el temblor de las plumas que cubren el sitio donde la tradición sitúa los sentimientos (la sutileza de la percepción me devuelve a otro haiku cuyo autor no advierte que hay brisa hasta que ve la pelusilla de una oruga revolverse);
c) la frase penúltima, donde Martí antepone el sentido de responsabilidad de las aves al de los seres humanos: el pájaro, más sabio que el hombre, no engendra hijos sino después de haberles procurado casa. Acaso pensaba en el suyo, que no había disfrutado ni disfrutaría de hogar paterno seguro.

Pero las oropéndolas no se dan por vencidas: De pronto, saltan sobre una rama que estaba como a unas quince pulgadas por encima del nido amenazado; la oprimen con el cuerpo y la sacuden; tienden sus cabecitas a la rama de abajo, como para medir bien la distancia; pían con menos dolor; unen un instante sus picos, y, por lados contrarios, vuelan. 

Se teme, por un instante, la separación definitiva de la pareja y el abandono del paraje. Pero el análisis a que han sometido su circunstancia intriga, induce a recapacitar y aviva el suspenso. Puede que algo se les haya ocurrido y que la ocurrencia demande el trámite que sólo momentáneamente las disgregará. La unión de los picos, como la de las bocas entre los animales humanos, es buen augurio.

Ya era de noche, y a la mañana siguiente se vio la maravilla. ¿Qué habían hecho las dos oropéndolas? ¿Llevado el nido a la otra rama? ¿Comenzado un nido nuevo? ¿Suspendido el amor hasta tenerle fabricada la casa? ¡Oh, no! que los novios no tienen espera! --Muchos pájaros saben tejer y anudar, y algunos, como el tejedor de la India, juntar por los extremos una hoja grande, en forma de embudo, y llenarla para recibir sus huevos.-- Y estas oropéndolas amables y traviesas habían hallado por el suelo piadoso un trozo de cordón, pasándolo por encima de la rama fuerte, y sujeto con sus dos extremos colgantes las alas del nido, a donde ahora, en silencio, están calentando sus huevos.

Hay que sonreír ante la sola idea de que las aves pudieran haber suspendido el amor hasta tenerle fabricada la casa, y ante el reconocimiento inmediato de que no hay pareja de enamorados movida por sus instintos que sepa de posposiciones. Es justo el calificativo de piadoso otorgado al suelo: lo fue, y mucho: suministró la cuerda para salvar el nido, lección que las oropéndolas, desconfiadas, debieron aprender; el presunto enemigo, aquél cuya proximidad rehuían, se les reveló cómplice. La inteligencia de las aves para amarrar la rama endeble a la rama fuerte y proteger el destino de las crías es admirable. También lo es que Martí acabe viendo al propio nido echar alas. 

La frase final de la novela sitúa al lector debajo de la rama: Como tienen las plumas amarillas, se ve, por encima del nido, como una espuma de oro. La cuna adquiere jerarquía de nimbo.

Nada añade Una novela en el “Central Park” a la obra literaria de José Martí; sí, al mejor discernimiento de su persona, demasiado sensitiva para la ordinariez que, en cierta medida, cultivamos. No me sorprendería que la estatua ecuestre que se levanta en ese parque y lo muestra justo al instante de ser herido de muerte sirva de escala a las oropéndolas. Ni me sorprendería que entre ellas figuraran algunas descendientes de aquéllas que él vio anidar: los soles del verano disponen de igual manera al amor a los hombres y los pájaros.

Orlando González Esteva

Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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Comentarios
     
por:: teresa De:: us
enero 21, 2013 16:25
debiera considerarse reunir en un libro estos trabajos. El autor hace nido en el alma de Martí.

por:: a tomas De:: miami
enero 21, 2013 19:40
Marti, Orlando, crean bellezas, para que el aire colme los pechos, y se pueda respirar un dia mas.

Bravo!

por:: Ramón Alejandro De:: Miami Beach
enero 22, 2013 07:15
Orlando, me quedo mudo, y bastante avergonzado ante la exquistez de tu análisis de ese texto de Martí y de la actualidad que logras darle acotejándolo con algunos haikus, me da la medida de lo superficiales que nos hemos vuelto y del poco vuelo de lo que no hemos acostumbrado a leer a medida que avanza este tremendo y aparentemente definitivo declinar del mundo. Menos mal que cada día sale un nuevo sol y que las sucesivas infancias de los poetas se volverán a repetir en infinitamente renovados amaneceres que terminarán por invertir la siniestra corriente de la entropía de nuestro mundo actual.

por:: Kika De:: Miami
enero 23, 2013 13:47
Delicioso, como siempre, el Marti y el Orlando.