sábado, agosto 23, 2014, 11:20 am

Opiniones / Joan Antoni Guerrero

Redes sociales y contrarrevolucionarias

 Varias personas consultan Internet en una "sala de navegación", perteneciente a la empresa estatal Correos de Cuba hoy, jueves 10 de febrero de 2011, en La Habana.
Varias personas consultan Internet en una "sala de navegación", perteneciente a la empresa estatal Correos de Cuba hoy, jueves 10 de febrero de 2011, en La Habana.

El cantautor Vicente Feliu acaba de dirigir una carta a los blogueros de la Joven Cuba asegurando que las resistencias que enfrentan para hablar de ciertos asuntos relativos a la Revolución ante instituciones oficiales son semejantes a las que asegura que habrían padecido los miembros de la Nueva Trova al principio de su fundación. Lo interesante de esta misiva, además, es que el músico reconoce el problema que supone Internet para el régimen y afirma, asimismo, que es la red y las redes sociales el auténtico campo de batalla de hoy día. Si bien Internet es visto en muchos lugares como un problema relativo, por los retos de seguridad que puede representar, aunque se aprecia más como algo positivo, en Cuba la red se percibe como un fenómeno de graves consecuencias para el mantenimiento del statu quo y la necesidad de anclar mentalmente a los cubanos en la ideología oficial. Internet, su funcionamiento, su razón de ser, están contraindicados para planteamientos totalitarios como los que establece el castrismo en el espacio virtual.

 

Pero mientras en los países democráticos el Internet se ofrece de forma libre y abierta en parques y plazas, locales comerciales, bibliotecas públicas, escuelas, centros educativos o incluso en las playas, y mientras hay cada vez más personas que quieren ”liberarse” de Internet para dejar de estar pendientes de la información que les llega sin parar a través de sus smartphones, en cambio, en Cuba, el debate se centra  en decidir si el pueblo se merece o no disponer de un canal de comunicación que abre inéditas oportunidades de participación de los ciudadanos en la vida pública. Del famoso cable de Venezuela ya nadie se acuerda, y se desconoce, al menos oficialmente en qué se estará empleando. No existe oposición reconocida que exija explicaciones porque en Cuba nadie está obligado a dar respuesta a nada y mucho menos si se trata de aclarar lo que sucede cuando las cosas no funcionan.

 

Así las cosas, mientras los revolucionarios marean la perdiz de Internet con debates sobre la batalla de ideas y lo mucho que pueden conseguir en la red para sus objetivos, lo que está claro es que no están preparados para tirarse por completo en esto porque saben que no van a dar pie. El oficialista Iroel Sánchez acaba de presentar un libro que pretende ser un compendio de ideas para defender el castrismo en la red. En su presentación, la editora del portal oficialista Cubadebate, Rosa Miriam Elizalde, reivindicaba la obra de Sánchez apelando a su “fe revolucionaria”. De hecho, el de Sánchez sería el prototipo deseable de bloguero en Cuba, ciego defensor del régimen, cuya máxima obsesión es desacreditar a los opositores. Así pues, mientras el Estado reprime, con leyes que violan la libertad de expresión, el aparato de propaganda oficial está dispuesto a replicar hasta el último suspiro opositor en la red. Cualquier contenido crítico es “mercenarismo”, “imperialismo”, “enemigo”, “contrarrevolucionario”, y así un millón de cosas más.

 

El hecho es que el cambio de paradigma es tal y tan contrarrevolucionario que el régimen cubano se sentirá totalmente desnudo y desamparado en este entorno. Con las redes sociales los usuarios ya no están tan pendientes de lo que publican los medios sino de aquello que sus contactos cuelgan en la red. ¿Cómo puede ajustarse entonces el castrismo a todo esto si está acostumbrado a dosificar la información en píldoras seleccionadas a una audiencia maniatada y amordazada? Simplemente no puede ajustarse. Integrarse a este modelo de comunicación horizontal supone indefectiblemente cavar su propia tumba. A eso se dirigen, a no ser que se apañen con sus tretas represivas, que para eso ya tienen una larga y dilatada experiencia.

 

Porque los castristas saben mejor que nadie que todos los movimientos “nacen de la comunicación”, como declaraba precisamente esta semana el sociólogo español Manuel Castells a El País en ocasión de la publicación de su nuevo libro Redes de indignación y esperanza. “El individuo aislado con su enfado no tiene fuerza”, dice el estudioso. Es por eso que los regímenes autoritarios cortan la comunicación entre las personas, tanto la física (solo hace falta mirar el calamitoso estado de las comunicaciones terrestres en Cuba y las dificultades de moverse incluso dentro del propio territorio) como la telemática. Recordemos esa escena de la película La ola en la que un autoritario profesor decide cortar la comunicación de sus alumnos cuando se revela el primer comportamiento disidente.

 

Las palabras de Castells –aunque analiza una realidad diferente en la que las personas sí están conectadas- apuntan al quid de la cuestión: "La suerte es que existe un espacio de comunicación, Internet, en el que muchos jóvenes viven –asegura el sociólogo-. La gente se organiza donde vive. Los obreros se comunicaron en las fábricas, los jóvenes de hoy lo hacen en Internet, pero es vital que luego ocupen el espacio público. Al ocupar un espacio público, la gente se da cuenta de que existe y de que puede imponer su derecho a la ciudad por encima de las reglas de tráfico. Lo que produce los cambios históricos es la combinación de un espacio de comunicación, un espacio de reunión, un espacio de incidencia política, viejas libertades (de reunión, de expresión) traducidas a la era digital, los movimientos nacen en la Red y se organizan en el espacio urbano. Y como la ocupación del espacio urbano no se puede eternizar (a veces de eso se encarga la policía) se repliegan en la Red, pero no desaparecen."

 

En cuanto a Cuba, si bien se reclama usualmente la libertad de expresión, también debiera reclamarse el derecho a la manifestación pública, desautorizando aquello de que “las calles son de Fidel”, en la línea de una de las comunidades de cubanos más amplia actualmente en Facebook, Por el levantamiento popular en Cuba, que cuenta ya con casi 8.000 amigos. Apelar a manifestaciones públicas no es apelar ni promover la violencia. Porque la violencia, en todo caso, no la van a poner los ciudadanos. En Cuba hace rato que quien la administra y emplea es el Estado. Salir a la calle es un derecho que también tienen los cubanos. Y hay que recordárselo.


Joan Antoni Guerrero Vall

Joan Antoni Guerrero Vall (Reus, España, 1979) es periodista licenciado en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Ha trabajado y colaborado con agencias de noticias como Europa Press y ANA, con periódicos en lengua catalana como el AVUI, ARA, Diari d'Andorra o Diari de Tarragona, así como en el semanario El Temps, Nació Digital o la antigua COM Ràdio. Combina sus colaboraciones periodísticas con actividades de comunicación para instituciones educativas como la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) o también culturales. En 2009, tras varios viajes a Cuba, decidió crear un blog sobre la Isla. Bajo el título Punto Cuba, el autor pretende ofrecer una visión externa y desde la distancia sobre lo que sucede en la Isla, con especial interés sobre las dinámicas de oposición al gobierno cubano, tanto sobre el espacio físico como el digital, así como observar la lucha del pueblo cubano por la recuperación de sus derechos fundamentales. Colabora con Radio Martí desde 2010. Al mismo tiempo, forma parte del equipo que lanzó la versión en catalán de la plataforma de blogueros Global Voices, colectivo con el que obutvo el Premio Blogs Catalunya 2013 en la categoría de Nuevos Medios.
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