domingo, mayo 19, 2013, 8:16 am

Opiniones / Orlando González Esteva

Cárcel de Boniato (final)

El autor descubre en la cárcel el equivalente de algunas formas poéticas y la libertad

Carcel
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Escribir es escapar, hacerse de una realidad más propia que la ostensible y sobrevivir en ella los embates de turno, aunque es común que éstos sean los que nos sobrevivan y continúen ensañándose con la juventud que, a su hora, obstinada y víctima de una inadecuación similar a la nuestra, se dará a escribir. La historia más reciente de Cuba es tan rica en prófugos, es decir, en escritores o personas que han ensayado serlo, como en tumbas, y los embates, además de no menguar, no varían. Tienta a la vez que asola reconocer que han prevalecido sobre toda buena intención, y que arrostrándolos o pretendiendo ponerles coto puede haberse perdido el tiempo. No se puede abolir lo que, fatalmente, se genera o, pero aún, se es: los embates somos nosotros.

La decisión de mi abuelo Mariano Esteva Lora de dedicarse al estudio y la práctica del verso en la cárcel sorprendió a la familia. No porque se le supusiera insensible a ciertas manifestaciones del espíritu –de joven había cultivado el canto, fue amigo de Jorge Mañach y sus cartas demuestran don para la escritura— sino porque su vida, hasta entonces, había sido consumida por dos pasiones: el acontecer cubano (pasión desdoblada en actividad política notoria o secreta) y la medicina, que en él era una vocación para el servicio público: sus pacientes solían remunerarle con racimos de frutas, cestas de legumbres, aves de corral y especialidades de la gastronomía regional, sobre todo postres, sin los que el comensal rehusaba levantarse de la mesa. La prisión iba a forzarlo a hacerse de un instrumento capaz de permitirle reinventarse sin dejar de serse fiel a sí mismo, y ese instrumento fue el verso.

Luego de solicitar métodos de versificación, diccionario, papel y bolígrafo, mi abuelo se dio a la tarea de escribir poemas destinados a reintegrarlo a una dimensión frecuente de lo suyo: la clandestinidad. Aquellos poemas abandonarían la cárcel a despecho de toda vigilancia; la abandonarían delante de las narices de sus carceleros, ocultos en uno de los objetos más típicos y humildes del país, las bolsas de yarey, y con cada poema que abandonara la cárcel, la abandonaría, triunfante, su autor.

El riesgo y las reiteradas victorias deben de haberlo encandilado: era un regreso a los días de beligerancia furtiva contra Gerardo Machado, Fulgencio Batista y Fidel Castro; era un regreso a la desobediencia civil y al peligro. El conspirador tenía un nuevo cómplice, el verso, y el verso, varias responsabilidades: poner a prueba la maquinaria represiva del estado, tomar el pelo a quienes la implementaban, liberar al prisionero, aunque sólo fuera de manera simbólica, ser portador de sus sentimientos a familiares y amigos, y permitirle ampliar su hoja de servicio: el médico inhabilitado se transformó en el amanuense de sus compañeros de celda, en autor solícito de poemas y cartas por encargo.

No sé cuántos hogares cubanos conservarán algunos de los versos que mi abuelo escribió en nombre de aquéllos que, no pudiendo regalar otra cosa en días señalados --cumpleaños, aniversarios de boda,  Día de las Madres, Día de los Enamorados, Navidad--, recurrían a él para que hermoseara y pusiera en estrofas lo que ellos se sentían incapaces de expresar de viva voz o por escrito. No era raro que durante nuestras visitas a la cárcel alguno de ellos atravesara el gran patio y se acercara, risueño, llevando de la mano a su mujer o su novia para que el versificador comprobara que el “retrato hablado” suministrado en la penumbra del calabozo había sido preciso, y que las emociones y los halagos ritmados por mi abuelo estaban justificados. La musa se ruborizaba. El versificador resplandecía. La prioridad nunca fue ser médico: serlo fue sólo una excusa. La prioridad fue y seguía siendo servir.

Mariano Esteva Lora y su esposa MercedesMariano Esteva Lora y su esposa Mercedes
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Mariano Esteva Lora y su esposa Mercedes
Mariano Esteva Lora y su esposa Mercedes
Un gran sobre de Manila guarda revueltos, en mi hogar de exiliado, muchos de los versos escritos por mi abuelo en prisión; también, algunas cartas. Mi abuela los conservó intactos y años después, muerto él, ella misma y mi madre, restándoles importancia ante los funcionarios de la aduana de la isla, los trajeron al exilio. Meter la mano en ese sobre, palpar y extraer los papeles que ya frágiles amarillean y amenazan con quebrarse, aspirar su olor, reconocer la caligrafía urgente de mi abuelo y la tonalidad de la tinta (celeste a veces, turquí otras), es comprobar hasta qué punto el niño que fui vivió atento al drama que se desarrollaba a su alrededor y se sintió atraído por aquel tráfico encubierto; todo, de adulto, a un tris de la sexagésima década de su vida, sigue resultándole vívido.

Es probable que mi afición a la escritura naciera en la cárcel, en aquel trajín transgresor y, por transgresor, emocionante, en el que vi enfrascarse a mi abuelo y en el que yo mismo participé transportando las bolsas de yarey en cuyas asas se escabullían sus versos. No leía una novela de aventuras ni veía una película o una serie televisiva: la novela, para mí asombro, era la vida real; la película o la serie, la que todos protagonizábamos y mi abuelo, además de protagonizar, dirigía.

Es probable, incluso, que mi afición a las formas clásicas de la poesía
--formas cerradas, al decir de algunos— naciera allí, en la Cárcel de Boniato, y que el uso de esas formas no sea más que un intento de reproducir las circunstancias que catapultaron a mi abuelo a la escritura y escribir, como él, a partir de las limitaciones, no importa si autoimpuestas; escribir para desafiarlas, para demostrar y demostrarme que puedo ser libre dentro de esas formas, libre a pesar de ellas, y encontrar en esa maniobra la felicidad que puede proporcionar a un prisionero saber que sus versos, y con ellos él, burlan barrotes y guardias.

Mi última visita a la Cárcel de Boniato tuvo lugar en junio de 1965. Pocos días después abandonaríamos el pueblo y, luego, el país. Nada se le dijo a mi abuelo de nuestra partida, aunque por su edad avanzada, los achaques derivados de la vida en prisión y la distancia que se abría entre todos era dudoso que volviéramos a verle. Mi madre, a quien acompañé aquel día y a quien vi tragarse todas las lágrimas del mundo, no tenía valor para despedirse de él. Fue desde entonces, y quizás hasta el día de su muerte, un cristal a punto de hacerse añicos, o uno hecho añicos que a medida que se rompía, para no angustiarnos a mi hermano y a mí, se restauraba a si mismo.

Mariano Esteva Lora, su esposa Mercedes y, entre ellos, su hija Mercy y Arsenio, el esposo de ésta. Detrás, con su nieto Cristóbal en los brazos, su hija María Teresa.Mariano Esteva Lora, su esposa Mercedes y, entre ellos, su hija Mercy y Arsenio, el esposo de ésta. Detrás, con su nieto Cristóbal en los brazos, su hija María Teresa.
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Mariano Esteva Lora, su esposa Mercedes y, entre ellos, su hija Mercy y Arsenio, el esposo de ésta. Detrás, con su nieto Cristóbal en los brazos, su hija María Teresa.
Mariano Esteva Lora, su esposa Mercedes y, entre ellos, su hija Mercy y Arsenio, el esposo de ésta. Detrás, con su nieto Cristóbal en los brazos, su hija María Teresa.
Luego de permanecer en la cárcel durante varios años, mi abuelo fue trasladado a una granja distante donde se le permitió volver a ejercer la medicina y donde las condiciones de vida y el trato fueron menos duros. Mi abuela, mi tía Mercedes (la más joven de sus hijas) y el esposo de ésta continuarían sorteando todo género de dificultades relacionadas con el transporte para visitarlo y llevarle, además de aquellas bolsas de yarey cargadas de comestibles cuya plural conveniencia el escribidor atesoraba, noticias nuestras.

Luego de concedérsele la libertad condicional, mi abuelo regresó a Palma Soriano exento de odio –era inmune a él-- pero inflexible en su oposición al gobierno.

Casa y consultorio de Mariano Esteva Lora en Palma SorianoCasa y consultorio de Mariano Esteva Lora en Palma Soriano
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Casa y consultorio de Mariano Esteva Lora en Palma Soriano
Casa y consultorio de Mariano Esteva Lora en Palma Soriano
El consultorio, que ocupaba un ala de su casa, había sido desmantelado por las autoridades locales y la posibilidad de reanudar la práctica privada, rescindida. Se le propuso desempeñarse en una clínica pública: un buen número de colegas suyos había abandonado y abandonaba Cuba, y la clase médica se resentía. No titubeó: el gobierno era una cosa, sus coterráneos otra, y lo suyo, servir. Murió el 4 de abril de 1983 y fue sepultado donde correspondía: en el cementerio del pueblo, un puñado de blancura que amarillea y decae como las hojas de papel donde escribió sus versos, como la idea de la nación que presidió sus actos, pero a la vista de las montañas y el cielo de su provincia.

Escribir puede ser un acto a favor de la libertad, una gestión encaminada a defenderla o exigirla para un pueblo o un individuo. Pero debe ser ante todo una forma de encarnarla, de ser, mientras se escribe, la libertad misma. Yo vi la libertad en la Cárcel de Boniato: tenía el rostro de mi abuelo.

Orlando Gonzalez Esteva

Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965.

Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos.

Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines y Amigo enigma. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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Comentarios
     
por:: teresa maria De:: miami
julio 02, 2012 11:28
Hermosa prosa poetica. Sería bueno que estos artículos de Gonzalez-Esteva fuesen publicados en un cuaderno.

por:: DDsHHs De:: Miami
julio 05, 2012 15:48
La tinta para la pluma podia ser roja, porque usabamos mercuro cromo o violeta genciana, productos estos obtenidos en el botiquin para el dolor de gargantas o para curar heridas y ambos funcionaban como tinta para escribir, luego tambien se utilizo el timerosal