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"Carmela" representa al cubano digno


En el filme cubano “Conducta”, cuando para despedirla le echan en cara sus muchos años en el magisterio, la maestra Carmela responde: "no tanto tiempo como los que dirigen este país”.

Conducta, gran ganadora del festival de cine de La Habana, es una película valiente que no debe haber gustado mucho a la oficialidad

El largometraje de ficción Conducta, que trajo un amigo desde Cuba, en formato digital, me ha dejado con los huesos rotos, aunque debo decir que no me dio insomnio. Uno en el exilio, llegado cierto punto de encuentro y desencuentro consigo mismo, suele huirle a las películas cubanas. Con miles de excusas, pero creo que la base es no querer recordar.

Conducta viene con la firma de Ernesto Daranas, el mismo de Los dioses rotos que mostró hace unos años un estilo diferente de facturar cine en Cuba, al menos en el plano visual. Otra cosa es la construcción de aquellos personajes que sobrevivían con bravura en medio de un video clip, pero sin sustento dramático, o dramatúrgico, para decirlo mejor.

Había quedado un mal recuerdo: para mostrar La Habana sucia, como mismo ha hecho la literatura sucia, ya a estas alturas no nos complace cualquier cosa, mucho menos los tópicos. Pero todo el mundo está hablando de Conducta y finalmente supe por qué.

Aunque le sigue faltando argumento a los largos de Daranas, esta vez sí están bien sustentados los personajes y sobre todo excelentemente actuados. El tema es el desamparo filial, así dicho pronto, aunque la película, visualmente, y también a través de pequeños "bocadillos", toca temas que para el Gobierno parecerán "contrarrevolucionarios".

Alguien tenía que retratar esa zona oscura que discurre por debajo de los "elevados" del puerto, por donde entran los trenes a La Habana. ¿Qué pasa allí? Nada que no esté en el imaginario popular cuando se habla del marginalísimo barrio de Belén.

Pero lo cierto es que, hasta ahora, a ningún español con dinero –son los que de un tiempo a esta parte encargan coproducciones– le interesó meterse a fondo en esas casas, en esas almas.

Por ahí sangra La Habana más que por ningún lado, me atrevo a decir. Y allí adentro, Daranas situó a una maestra de escuela de toda la vida; esto quiere decir: vocacional y con respeto.

Este personaje de nombre Carmela –encarnado magistralmente por Alina Rodríguez– es el sustento de una película muy digna y sobre todo honesta. Tal es así que parece documental. De hecho, lo es. ¿Quién se atreve a dudar de esos bajos mundos de La Habana? Corrupción, abuso de poder, prostitución, drogas, peleas de perros.

Tal vez si no estuviera esa maestra ahí, el filme fuera uno más que toca el tema como denuncia de lo que está pasando, hasta donde se pueden decir las verdades en una dictadura.

Es cierto que es válvula de escape, que lo permiten exhibir para aliviar presiones internas, pero la obra comprometida con la sociedad está hecha de cualquier manera.

Desmonta el mito de la buena educación en Cuba como piedra angular del socialismo; desmonta el mito de la juventud feliz y organizada; desmonta el mito del respeto a los profesionales en busca de un futuro mejor que, como todos sabemos, nunca llegó ni llegará.

El trabajo del niño (Armando Valdés Freire) que comparte roles centrales con la maestra es espectacular. Un niño de la calle, he oído decir. Entonces, nadie mejor que él para mostrar su personaje.

Hay un personaje o relación maniquea con la niña/buena estudiante/que quieren echar de la capital por temas de política migratoria oficial. Claro, esa historia de amor entre niños hace llorar a cualquiera, pero el punto de debilidad está en que esa niña que está todo el tiempo cabreada no se sustenta como personaje, porque los diálogos fuertes el guionista –que es el propio director– los ha dejado para la relación alumno/maestra.

Entonces, la historia de amor se nota un poco forzada, pero los cubanos sabemos perdonar esas nimiedades y meternos dentro de la película, más, tal vez, los que vivimos fuera y nos atrevemos a cruzar la barrera.

La película –una hora y 45 minutos– usa una fotografía valiente, plásticamente de rigor. Hay que tenerlos bien puestos para meterse a rodar en esos mundos dejados por la mano de Dios.

Quiero agradecer también el reencuentro en la pantalla con Silvia Águila, que es de mi generación –tal vez un poco más joven– y está perfecta interpretando ese personaje de inspectora o metodóloga de educación.

Nadie quiere quemarse en esta película y todo el mundo quiere vivir, menos la madre del niño que ya no tiene remedio, atrapada en las drogas por la frustración. Esa generación se perdió o se fue del país. Es la mía, creo que yo.

La de la maestra, siendo más vieja, paradójicamente es capaz de luchar contra esos molinos de la gerontocracia oficial, porque, cuando se vaya, al menos estará tranquila salvando a alguien.

No es la película de Saura (¡Ay, Carmela!), pero vale la pena robarse la expresión para definir en dos palabras el sabor de boca que deja Conducta, el filme cubano de ficción que acaba de ganar el Premio Coral al mejor largometraje de ficción, y que ha llevado, a los que todavía viven en la isla, a la sala oscura a llorar. O a reírse, a veces uno no sabe bien qué reacción tendrá ese público que se ve representado en la pantalla.

Aunque Conducta no debe haber gustado mucho a la oficialidad, tuvo mejor suerte que otra de tema absolutamente nacional, la película Regreso a Itaca, una historia de amistad y decepción filmada en Cuba por el realizador francés Laurent Cantet, retirada sin explicaciones del Festival de Cine de La Habana.

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